¿Colón Está Perdido?

Colón parte hacia el Oeste pensando en inaugurar una nueva ruta hacia el Este. Una de sus guías es Los viajes de Marco Polo, escrita dos siglos antes de su emprendimiento. Para financiar su aventura hacia el Gran Can o imperio chino (descrito por Polo), vende la idea de un retorno vestido de riquezas, incluyendo oro y especias. Sus compradores son los reyes españoles. Diseñar el viaje y llegar a un entendimiento con sus financistas le toma siete años. Finalmente, el 3 de agosto de 1942 parte hacia su destino.

En lo leído para este ejercicio, que se centra en el Diario de a bordo de Cristóbal Colón (relación compendiada del primer viaje por Fray Bartolomé de las Casas), desde el inicio del relato hasta el 28 de noviembre de 1492, lo que se nos cuenta es una gran aventura llena de asombros y dudas. Por eso el texto es descriptivo y, como dice Todorov (1987), la actitud de Colón es la de un “coleccionista de curiosidades” (p. 45), porque él quiere anotarlo todo, desde la flora más resplandeciente (“que era la cosa más hermosa de ver que otra se haya visto” (Colón, [17.10.1492])) hasta la fauna más espectacular (e.g., peces que se parecen a puercos (Colón, [16.11.1492])). Y, si navega por todos los costados posibles de las islas que acaba de descubrir, es porque quiere asegurarse de que, en efecto, la tierra es firme y Cuba es Cipango, la tierra prometida por Marco Polo. ¿Colón está perdido? A primera vista, sí. Sin embargo, como veremos a continuación, no lo está, por lo menos desde su perspectiva o realidad.

Colón emprende su descubrimiento con los ojos religiosos heredados; ojos que le dicen cómo ver, cómo interpretar, qué decir y qué hacer. Por eso su viaje también es de nombramientos y sanciones. Como en el juego de niños cuando uno de ellos dice “todo lo que toco es mío”, una vez que se acerca a las islas, Colón va inaugurando el “Nuevo Mundo”. Lugares que seguramente ya habían sido nombrados bajo otros lenguajes y otras leyes ahora cobran “nueva” vida. Colón está decidido a asumir los roles de “Almirante, Visorrey y Gobernador” de lo que descubriese, roles que se señalan en Las capitulaciones que comprenden, según Serna (2013a), “el primer texto jurídico de legislación de la conquista en donde se distribuyen los beneficios económicos entre Colón y los Reyes Católicos” y que se firmaron el 17 de abril de 1492 (párr. 1). Para asumir esos roles, Colón tiene claro una cosa: el poder que engloba el acto de nombrar. Para él, esta acción se traduce en apropiación, y no de cualquier tipo. Colón sanciona en nombre de la cristiandad y de la Corona. Cuando dice: “Esta gente es muy mansa y muy temerosa, desnuda […], sin armas y sin ley” y añade que “estas tierras son muy fértiles” (Colon, [4.11.1492]) es porque ha encontrado una posibilidad certera de dejar a la humanidad un legado histórico. Por eso, como Todorov (1987) señala, la riqueza (i.e., el oro) pasa a ser un medio para la evangelización, su fin.

Así, si la desnudez de los “indios” le llama la atención, es porque, como dice Todorov (1987), no es una desnudez corporal, es, en los ojos de Colón, “espiritual” (p. 44). Otra vez la figura de la “fertilidad”. Él –Almirante, Visorrey y Gobernador– sanciona en un tránsito de una sola vía, del peninsular (“extranjero”, como nos recuerda Todorov) que ha traído su Dios y, con ello, su verdad. El plan de Colón no es el de descubrirse a sí mismo. (Él no se plantea qué hubiera pasado si los “indios” hubieran aterrizado en sus naves para descubrirlo a él en Europa). Su plan, más bien, es dejar sentado que por estas nuevas tierras pasó un hombre que, en nombre de la Divinidad cristiana, dejó la huella de su Dios en alto. A esto, Todorov lo llama una “estrategia finalista”, en la que la verdad ya no cuenta porque lo que importa es “encontrar confirmaciones para una verdad conocida de antemano” (p. 44). “Gracias por habernos descubierto” sería un buen subtítulo a esta saga en la que todo está por nombrarse. Y, si los indios tienen algo que decir, eso quedará en el mundo de lo oral.

Por tanto, los tópicos más notorios son dos: “el indio como noble salvaje y […] América como una tierra promisoria” (Serna, 2013b, párr. 28). A lo largo del Diario, Colón (s.f.) resalta la nobleza de los “indios” que intercambian ovillos de algodón por pedazos de vidrios rotos; indios que se escapan desnudos (¿salvajes?) y “desposeídos” (“me pareció que era gente muy pobre de todo”, escribe el 11 de octubre) por medio de la hermosura de la naturaleza. “A partir del mito del buen salvaje”, dice Serna (2013b), “surge la utopía cristiana del Nuevo Mundo, por la cual Europa necesita regenerarse, y esa posibilidad se encuentra en las tierras recién descubiertas” (párr. 35). Europa cobrará sentido o volverá a nacer, gracias a su evangelio, sea cual sea el “Nuevo Mundo”. Si Colón descubre algo, es que Cuba, mejor dicho Cipango, y el resto de islas son tierras firmes que grabará con su firma y en nombre de su Dios. Por eso, según Todorov (1987), “Colón ha descubierto América pero no a los americanos” (citado en Serna, 2013b, párr. 37).

Referencias

Colón, C. (s.f.). Diario de a bordo. Recuperado de https://goo.gl/YEUtnz

Serna, M. (2013a). Las capitulaciones. En M. Serna (Ed.), La aventura americana. Textos y documentos de la conquista americana (pp. 63-87). Madrid: Castalia.

Serna, M. (2013b). Carta a Luis de Santángel. En M. Serna (Ed.), La aventura americana. Textos y documentos de la conquista americana (pp. 75-98). Madrid: Castalia.

Todorov, T. (1987). La conquista de América. México: Siglo XXI.

Anuncios