El Modernismo en Noboa y Camaaño & Cía

El Ecuador de finales del siglo 19 y principios del 20 se encuentra convulsionado. Inmerso en un período de “inestabilidad política” profundo –en el que, como señala Jong-A-Pin (2008), se da cuando el cambio y el desafío, juntos, están a la orden del día–, el país no sabe cómo resolver el enigma de la democracia y el futuro. Calarota (2014), relacionando el Modernismo a la situación en la que se debate el país en esos años, resume la trama así:

Los años en los cuales otros países cercanos abrazaban una nueva forma de escribir y expresarse, una literatura que aclamaba la nueva identidad e independencia cultural a través del Modernismo, el Ecuador vivía una etapa de consolidación del Estado, de transformación político-ideológica; intentaba regularizar su economía y resolver el conflicto entre el Estado liberal y la iglesia católica. Los ecuatorianos escucharon los gritos de la revolución, vieron la sangre de la guerra civil, del golpe de estado, de los asesinatos y las ejecuciones. (p. 250)

Es precisamente en este contexto que la “generación decapitada” (calificativo que, en 1943, el crítico Raúl Andrade (citado en Calarota, 2014, p. 255) usaría para analizar el aporte de los cuatro poetas más representativos del Modernismo en el Ecuador) surge y desaparece.

Son cuatro jóvenes –Arturo Borja (1892-1912), Humberto Fierro (1890-1929), Ernesto Noboa y Caamaño (1891-1927) y Medardo Ángel Silva (1898-1919)– que tratan de entender, a través de la poesía, el tiempo que les ha tocado vivir. Y, lo que tienen en común, además de su habilidad para escribir poemas, es la influencia de los “poetas malditos” franceses (Baudelaire y Verlaine, especialmente) y de Rubén Darío en su lectura del mundo y, por tanto, su escritura. Pero, también comparten un estilo de vida en bohemia, incluyendo el escape por medio del consumo de drogas, y un trágico final: todos se suicidan.

De este brevísimo resumen de este acontecimiento literario que se da de manera tardía en el Ecuador (puesto que sus publicaciones aparecen a finales de la segunda década del siglo pasado) no podría escapar “Ego Sum” (ver el Anexo 1), un poema escrito por Noboa y Caamaño a manera de arte poética a la Verlaine, que Jorge Enrique Adoum, según Calarota (2014), califica de “manifiesto y programa de toda una generación” (p. 264). El poema empieza con una declaración taxativa: “Amo todo lo extraño, amo todo lo exótico;/ lo equívoco y asombroso, lo falso y lo anormal” (Noboa y Caamaño, 1922, vv. 1-2), dice el poeta. Con esta proclama estaríamos, como es evidente, ante el reconocimiento de realidades otras, pero también ante un guiño a Darío y, como Calarota señala, sus raros. Borja (1912), complementa la idea así: “Voy a entrar al olvido por la mágica puerta/ que me abrirá ese loco divino: ¡BAUDELAIRE!” (vv. 15-16) (ver Anexo 2). Noboa y Caamaño y compañía, Darío y Baudelaire, una banda de “monstruos” que participan del verso y lo multiplican, como una salida al fatuo peso de la Modernidad.

Para Noboa y Caamaño (1922), las flores baudelaireanas del mal están presentes y merecen una mención particular, cuando dice que en su “cerebro enfermo, sensitivo y caótico,/ como araña poeana, teje su red el mal” (vv. 7-8), y añade que “es propicio a que nazca la flor del sentimiento” ligada a lo que él, en el noveno verso, llama “el aislamiento”. Parte de lo que podría llamarse la “tragedia” de los poetas decapitados es que la realidad, como ellos la veían, estaba circunscrita al tema de la muerte. “No importa que me nieguen los aplausos humanos/ si me embriaga la música de los astros lejanos/ y el batir de mis alas sobre la realidad.” (vv. 12-14), concluye el poeta. Evidentemente, para él, el acto de habitar el momento se ubica por fuera del contexto actual real. Y no le importa. Es más, lo acepta de manera consciente porque lo que busca es unirse, junto a sus compañeros de viaje, a los “astros lejanos” que, guiados por Poe, le alumbran el camino y le muestran la salida. De hecho, Silva (1916), en el poema titulado “Epístola”, se dirige “al espíritu de Arturo Borja”; ¿dónde lo ve? “A la diestra del Padre Verlaine” (v. 1) (ver Anexo 3).

No, los decapitados ecuatorianos no pudieron con el presente, tampoco con el futuro. Su búsqueda de originalidad, parte de su esfuerzo poético, estuvo marcada por lo que percibieron como un encuentro eterno con Poe, Baudelaire, Verlaine…, y, más cerca: Rubén Darío.

Referencias

Borja, A. (1912). Voy a entrar en el olvido. Recuperado de biblioteca.org.ar/libros/158478.pdf

Calarota, A. (2014). Modernismo en Ecuador: La “generación decapitada”. A Contracorriente: Una Revista de Historia Social y Literatura de América Latina, 11(3), 248-274. Recuperado de goo.gl/UR1QSs

Jong-A-Pin, R. (2008). Essays on political instability: Measurement, causes and consequences. Enschede, The Netherlands: PrintPartners Ipskamp B.V. Recuperado de goo.gl/QPJWQH

Noboa y Caamaño, E. (1922). Ego sum. Recuperado de goo.gl/Lp3VsL

Silva, M.Á. (1916). Epístola. Recuperado de goo.gl/cFnocW

Anexo 1

Ego sum

Ernesto Noboa y Caamaño (1922)

Amo todo lo extraño, amo todo lo exótico;
lo equívoco y morboso, lo falso y lo anormal:
tan sólo calmar pueden mis nervios de neurótico
la ampolla de morfina y el frasco de cloral.

Amo las cosas mustias, aquel tinte clorótico
de hampones y rameras, pasto del hospital.
En mi cerebro enfermo, sensitivo y caótico,
como araña poeana, teje su red el mal.

No importa que los otros me huyan. El aislamiento
es propicio a que nazca la flor del sentimiento:
el nardo del ensueño brota en la soledad.

No importa que me nieguen los aplausos humanos
si me embriaga la música de los astros lejanos
y el batir de mis alas sobre la realidad.

Anexo 2

Voy a entrar en el olvido

Arturo Borja (1912)

Voici le masque pour la fête du mensonge.
-Henry de Rregnier

A Francisco Guarderas

Hermano, si me río de la vida y sus cosas
notarás en mi risa cierto rezo de angustias,
sentirás las espinas que hay en todas las rosas,
comprenderás que casi mis flores están mustias.

Yo pongo a los cipreses de mi sendero, ahora,
una doliente gracia contradictoria y llena
de la azul ironía que aprendí de la Aurora
que es hija de los rojos Crepúsculos de pena.

Se apagaron aquellos ojos que me sonrieron
diabólicos y brujos detrás de una ventana,
y esta tarde yo he visto que en mi jardín murieron
pobres rosadas rosas que enterraré mañana.

Indiferentemente tiene mi herida abierta
el dorado veneno que me dio esa mujer:
Voy a entrar al olvido por la mágica puerta
que me abrirá ese loco divino: ¡BAUDELAIRE!

Anexo 3

Epístola

Medardo Ángel Silva (1916)

Al espíritu de Arturo Borja

Hermano, que a la diestra del Padre Verlaine moras
y por siglos contemplas las eternas auroras
y la gloria del Paracleto,
un mensaje doliente mi cítara te envía,
en el cuello de nieve de la alondra del día,
cuyo pico humedece las mieles del Himeto.
Ya no se oye la voz de la siringa agreste.
si un vuelo de palomas rasga el velo celeste,
si el traficante escucha la flauta del Panida;
los augures predicen la extinción de la raza;
sagitario hacia el Cisne con su flecha amenaza;
pronto será la estirpe del Árcade extinguida.

Sobre el mar, del que un día olímpico deseo
hizo surgir, como una perla rosa,
el cuerpo de Afrodita victorioso,
hoy, solo de Mercurio de ha visto el caduceo.

Los sacerdotes jóvenes del melodioso rito
que han consultado el áureo libro de lo infinito
escuchando la música de las constelaciones
recibieron los dardos de arqueros mercenarios;
los viejos cruzados se yerguen solitarios
en el azul lo mismo que mudos torreones.

Tú que ves la increada luz del alba que ciega,
y que probaste el agua de la Hipocrene griega,
ruega al Supremo Numen por la estirpe de Pan.
Mientras Zoilo sonríe, en la sombra conspira.
Nuestros dioses se van. Nuestros dioses se van.

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