¿Y Si Hay Alboroto?

Barcelona es protagonista de La verdad del caso Savolta[1] de Eduardo Mendoza (España, 1943). De hecho, la sección que parte con la frase “Lucía un buen solete…” inicia con una descripción del ambiente, donde el sol y las personas que transitan nos dan la sensación de que, en efecto, las Ramblas estaban vistosas (Mendoza, 2006, p. 17). La gente es diversa: “banqueros encopetados”, que representarían a la clase identificada con el poder, pero también los indefinibles, que personificarían a los otros, cuyo poder justamente es de difícil identificación. Hay mucho movimiento. Por ejemplo, Teresa, nos dice Javier Miranda, “brincaba y sonreía” (p. 17). Sin embargo, la sensación de tranquilidad se detiene cuando ella repentinamente se pone seria y nota que el trajín le molesta. “Veo que no te gusta la ciudad”, le pregunta, a lo que ella le contesta que, en efecto, la odia (p. 17). En ese detenimiento para esa reflexión el ritmo narrativo también se detiene.

Es más, en esta primera parte de esta sección, cuando Javier Miranda insiste en que él no podría vivir en otro lugar argumentando que para hacerlo solo ha sido necesario “buena voluntad” y nada de resistencia, entendemos el peso de la opción política que ha tenido que tomar. No así Teresa. Ella parece de otro mundo, de otra clase social. Si para él, lo difícil ha sido acostumbrarse al peligro de evidenciar su resistencia y lo ha hecho a través del silencio y el distanciamiento, para ella esa dificultad no existe porque se muestra como una aventura callejera. “¿Y si hay alboroto?” (p. 17), pregunta Javier Miranda dubitativo cuando ella le pide acercarse al mitin. A continuación, la novela nos inserta en las consecuencias de ese antagonismo.

La escena en la que todo está a punto de cambiar, incluyendo el ritmo narrativo, se da cuando la pareja se acerca a la tribuna portátil, donde el orador expone el problema: algunos persiguen la independencia de Catalunya mientras que a ellos les persiguen quienes buscan una España republicana. Javier Miranda recoge algunos gritos del orador que hablan de la tradición cultural catalana, la democracia, la “desidia voluntaria” (p. 17). No obstante, inmediatamente, al ver que se acercan los guardias con sus rifles, el discurso abruptamente cambia con lo que Javier Miranda llama “el inicio deslavazado y arrítmico de ‘Els segadors’” (p. 18); es el código de alerta, y todos deben correr. Es más, cuando un joven oyente se retira del grupo, coge una piedra y la lanza la tensión sube de tono; es la primera señal que, en las palabras de Miranda, la situación está a punto de ponerse negra (p. 18). El espacio, que hasta ese momento había dado lugar a pronunciamientos subversivos, empieza a transformarse en una zona de peligro, donde una guerra campal está a punto de producirse. ¿Teresa? Teresa está deslumbrada por lo que presencia. “¿Quién era?”, pregunta, cuando alguien grita “Catalunya!” como respuesta a la piedra que lanzó el joven que se retiró del grupo, cuyo sombrero se cayó cuando lo hizo (p. 18). Aunque Miranda dice no haberlo visto bien, contesta que fue “Cambó” (p. 18). Él contesta de esa manera porque indudablemente no está seguro de quien le acompaña. Contestar a una pregunta simple como la que le hace Teresa con una respuesta contundente puede constituir un acto de traición y Miranda lo sabe.

Lo que sigue es lo que todos esperaríamos: la subversión es aplastada, con cuerpos ensangrentados que caen al suelo de por medio (p. 18). Javier Miranda atribuye la derrota de los subversivos a la inclusión de “mujeres y ancianos inútiles” entre sus filas (p. 18). Así, evidenciando el porqué del sometimiento (i.e., su “desidia voluntaria”), Miranda sutilmente nos explica que si él se hubiera involucrado en el “débil” levantamiento, simplemente no hubiéramos conocido la verdad de los hechos. Escoger narrar lo que ha visto, esa es su decisión política.

En la escena en la que los subversivos son golpeados y apresados, el ritmo narrativo es vertiginoso y, por lo mismo, tortuoso para el lector. Cuerpos atropellados, personas que corren como ratones para no ser aplastados o capturados, jinetes y sus sablazos… (“los que caían no se levantaban para no ser arrollados” (p. 19), dice Miranda); todo está encaminado a hacernos vivir el momento del desastre, incluyendo el momento en que, después de que los subversivos se rinden, la gente, es decir, los transeúntes que habitan las Ramblas continúan con sus vidas como si nada hubiera sucedido. Como voluntariamente “sordos” los cataloga Miranda (p. 19), en un ritmo narrativo donde la descripción del espacio y de la gente nos remite al inicio del relato. Miranda irónicamente cierra su narración de aquel acontecimiento en el que salió a caminar con Teresa como un día más “de irresponsable plenitud, de felicidad imperceptible” (p. 19). Claro, para él fue acto irresponsable no haberse involucrado aunque sabemos que hacerlo supondría para él y para nosotros no conocer la verdad. Por el contrario, Teresa sale de la escena feliz de haber sido testigo de algo que no logrará comprender. Si hay sangre que corre, para él es símbolo de resistencia, supervivencia, reivindicación; para ella, algo que se disipará con el sol que acompaña la ciudad ese día.

Referencia

Mendoza, E. (2006). La verdad del caso Savolta [Adobe Digital Editions]. Recuperado de https://www.casadellibro.com/comunidad/

[1] Para esta actividad, el texto al que se hace referencia es parte de la versión electrónica de La verdad del caso Savolta publicada por Seix Barral (2006) pero adquirida a través de la Casa del Libro. (Ver referencia).

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