El Diablo es Cosa de Grandes

Ese tramposo, sinvergüenza –cínico, le llamarían los abuelos–, ese querido estafador que de chiquitos nos sirvió para disfrutar de cada travesura y que de grandes aprendimos a silenciar, anda suelto y, pese a todas las maniobras imaginables, nadie lo puede encarcelar. Pues ser libre es su destino. En cambio, de grandes, el nuestro es aprender de sus proezas para ser personas más completas.

Sí, desde el primer día que entramos en la escuela de la vida (generalmente marcado por la escuela real de escalones y servicios), las instituciones (y sus reglas) y los encargados (y sus títulos) nos enseñan a mentir para sobrevivir, en vez de enseñarnos a reír. Así aprendemos a ser buenos –a comportarnos bien, a hablar bonito, a sentir como-es-debido. Sin embargo, ¿a dónde nos ha conducido todo aquello?

Los presidentes, por ejemplo, en general, empiezan como buenos diablos. Pero con el tiempo terminan embotellados. Si nos detenemos a pensar, lo mismo nos pasa a nosotros. Aprendemos tan bien la lección, que son innecesarias las amenazas, peor los latigazos. Es más, bien podríamos argumentar que si Jesús se hubiera rebelado, otro sería nuestro destino.

Es hora, entonces, de una buena carcajada. Ser intencionalmente porfiados. Abandonar los trajes de siempre o las manías del lenguaje. El diablo, nuestra otra mitad, lo requiere. Lejos de entrampamientos banales, el diablo muchas veces tiene la virtud de ser la salida al descontento del día-a-día. O, lo que es lo mismo, podríamos decir que estar endiablados complementa muy bien a estar tristes.

Como el serrucho, cuando completa un cuarteto, así también la diablada. Pues constituye la puesta en escena de. De qué va a ser, sino de la fruición de nuestros sentidos.

Para finalizar, una nota de cuidado: No estamos intercediendo por los mentirosos (de enmascararnos tras la lengua o la erudición, por ejemplo, para decir que somos más). No estamos abogando por los canallas, ladrones, sátrapas –gente de mentes, actitudes y sentidos pequeños. No. Estamos diciendo que hay pueblos y tradiciones que acogen al diablo, como emblema de descanso al tránsito que no respira, para cultivar desde el otro lado de las cosas. Estamos insistiendo en que deberíamos aprender de ellos.

Si de niños fuimos niños, es hora de explorar a ser grandes con menos.

Rodrigo Jurado

Ambato, 9 de abril de 2016

(Foto de Fanny Caiza).

 

 

La Universidad en Tiempos Difíciles

Título original:

Del Suma-Kawsay al Resta-que-Nuay – ¿Qué Puede Hacer la Universidad en Tiempos Difíciles?

When Reality Hits the Fan – What Can Academia do in Times of Hardship? 

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El Ecuador, según algunos analistas, está en recesión. El efecto en la universidad ecuatoriana, como es de esperarse, será negativo. Sin embargo, no tiene por qué ser catastrófico. El momento actual que vive el país puede ser una oportunidad para que la universidad ayude a reformular el objetivo de la educación superior: de saber hacer a saber ser personas que reflexionan e impactan positivamente los destinos del país.

Ecuador, according to some analysts, is in recession. The impact on the university system in Ecuador, as we might expect, will be negative. However, that doesn’t mean it should be catastrophic. The current situation the country is experiencing is an opportunity for the university system to help reformulate the purpose of higher education: from knowing how to do or make to knowing how to be persons that reflect and positively impact the country’s future.

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El objetivo de este breve ensayo no es restarle valor al proyecto gubernamental del suma-kawsay[1]. Por el contrario, es plantear una salida académica a los tiempos difíciles que se avecinan. El punto de partida es que todo está por decirse y hacerse. Y, si ese es el caso, la idea es que debemos revitalizar la reflexión. Mi argumento es que docentes y estudiantes necesitamos comprometernos con el entorno para transformarlo, a través de la lectura y escritura, en plataforma de lucha diaria y en comunidad. Si el lenguaje tiene el poder de hacer que las cosas tengan eco, la idea es que nos contagiemos de diálogo para el cambio.

Para empezar, la pregunta es para qué sirve la universidad. Si nos detenemos, diríamos que para muy poco. En el caso ecuatoriano, cada vez más se parece a una factoría del saber hacer. En esto, el Gobierno actual entra en contradicción. Si por un lado nos dice que debemos optar por el valor del ser humano y no del capital, por otro, con  Yachay nos dice lo contrario: Hay que dotarle al estudiante de conocimientos prácticos para convertirle en inventor altamente competitivo. El problema es que esta concepción de ser humano –como alguien que sabrá hacer cosas “útiles” (cosas como Uber, supongo) para sacarnos a todos de la pobreza–, se encuadra en el sistema capitalista que tanto ha sido criticado por este Gobierno. Según él, si se entra a la universidad, es para saber hacer; no para saber ser.

Lo mismo sucede con nosotros, los profesores universitarios, que ahora tenemos que estar pehachedeizados. La pregunta es para qué. ¿Para asegurarnos el puesto? O, ¿para ser mejores personas que aporten en la construcción de un mundo mejor?

Si observamos, veremos que todo el sistema anda mal. El problema del calentamiento global, por ejemplo, no es del Norte ni es del Sur, es de todos. La voracidad con la que, como humanidad, hemos avanzado hacia nuestra propia destrucción tiene que parar. Y es justamente en este sentido que proyectos como Yachay, con los objetivos que se conocen, aportan muy poco; de hecho, son negativos.

Por otra parte, el obtener un título sigue atado a la importancia que le damos al qué-dirán y no al qué-puedo-decir-yo. En nuestra cultura, parecería que lo que yo puedo decir de mí mismo y del mundo es menos importante. El énfasis es en lo que recibimos y no en lo que producimos. Consecuencia: la burocratización de los profesores universitarios, sí, pero más importante: Si no leemos y escribimos, ¿cómo podemos pedir eso de nuestros estudiantes? ¿Cómo podemos pedirles que lean la Historia?, por ejemplo. Si lo hiciéramos, todos nos daríamos cuenta que fueron precisamente las mentes más brillantes, gente vestida de PhD, la que estuvo detrás de la barbarie de la segunda guerra mundial. Repito: ¿Para qué sirve la universidad?

La universidad tiene relevancia cuando somos capaces de traducir el acto de reflexionar al acto de investigar, es decir, cuando aprendemos a leer para no cometer los mismos errores del pasado; para sensibilizarnos frente a la realidad que nos rodea;  para abrir, no cerrar, puertas al diálogo; para aprender a escribir… nuestra propia historia.

De otro lado, la infraestructura, tan valiosa como es, se desarrolló, cambió y mejoró, pensando en que primero teníamos que tener para luego llegar a ser. Sin embargo, ¿no es verdad que lo que necesitamos ya tenemos? El calentamiento global también demuestra que lo que menos necesitamos es más despilfarro. ¿Realmente necesitamos más para hacer bien las cosas?

Finalmente, la universidad actual tampoco enseña a escribir. Creo que siendo una tarea de ponerse frente al espejo, lo más fácil es dejar que nos den pensando. Lo que está en juego, no obstante, no es solo la consciencia individual, es, más que nada, la memoria histórica de un pueblo la que corre peligro de ser desdicha. La universidad, en este sentido, tiene relevancia cuando somos capaces de traducir el acto de reflexionar al acto de nombrar. Esto es, la universidad tiene sentido cuando aprendemos a escribir, especialmente para aprender a leer nuestra propia historia.

Leer y escribir, dos caras de la misma moneda: la universidad.

¿Cómo hacerlo? Reflexionando sobre lo que se esconde entre líneas. Solo cuando vemos más allá de la superficie podemos ver lo interior. Mi pregunta es por qué nos detenemos en el valor nominal de las cosas; qué hace que nuestra lectura de la realidad sea intrascendente; quién, en definitiva, se beneficia que yo, como persona, opte por ser como me dicen que debo ser.

En tiempos difíciles, como en tiempos de holgura, hay que ponerse el sombrero de la reflexión y dar el ejemplo. Si estamos en época del resta-que-nuay, lo lógico es hacer bien las cosas con lo poco que tenemos. ¿Qué tenemos? La reflexión, y con ella el poder de leer y escribir nuestra propia historia. Por eso, si la universidad sirve para muy poco, que sea para aprender a ser personas reflexivas.

Referencias

Peltzer, G. “Enseñar a ser”.  El Universo, 2 de octubre de 2015.  Recuperado de http://www.eluniverso.com

Villavicencio, A. (24 de septiembre de 2015). La nano-alfa y el cambio de la matriz productiva: más verdades sobre Yachay. Plan V, s.d. Recuperado de http://www.planv.com.ec

[1] En contraposición al suma-kawsay, Arturo Villavicencio usa la analogía de “resta-que-nuay” para subrayar el hecho de que el país está atravesando tiempos difíciles porque el Gobierno actual se gastó todo el dinero. En este ensayo la usamos como punto de partida para reflexionar sobre qué hacer, desde la universidad, en tiempos difíciles. También nos inspiramos en la propuesta de Gonzalo Peltzer sobre el papel de la universidad a través de la Historia.