El Diablo es Cosa de Grandes

Ese tramposo, sinvergüenza –cínico, le llamarían los abuelos–, ese querido estafador que de chiquitos nos sirvió para disfrutar de cada travesura y que de grandes aprendimos a silenciar, anda suelto y, pese a todas las maniobras imaginables, nadie lo puede encarcelar. Pues ser libre es su destino. En cambio, de grandes, el nuestro es aprender de sus proezas para ser personas más completas.

Sí, desde el primer día que entramos en la escuela de la vida (generalmente marcado por la escuela real de escalones y servicios), las instituciones (y sus reglas) y los encargados (y sus títulos) nos enseñan a mentir para sobrevivir, en vez de enseñarnos a reír. Así aprendemos a ser buenos –a comportarnos bien, a hablar bonito, a sentir como-es-debido. Sin embargo, ¿a dónde nos ha conducido todo aquello?

Los presidentes, por ejemplo, en general, empiezan como buenos diablos. Pero con el tiempo terminan embotellados. Si nos detenemos a pensar, lo mismo nos pasa a nosotros. Aprendemos tan bien la lección, que son innecesarias las amenazas, peor los latigazos. Es más, bien podríamos argumentar que si Jesús se hubiera rebelado, otro sería nuestro destino.

Es hora, entonces, de una buena carcajada. Ser intencionalmente porfiados. Abandonar los trajes de siempre o las manías del lenguaje. El diablo, nuestra otra mitad, lo requiere. Lejos de entrampamientos banales, el diablo muchas veces tiene la virtud de ser la salida al descontento del día-a-día. O, lo que es lo mismo, podríamos decir que estar endiablados complementa muy bien a estar tristes.

Como el serrucho, cuando completa un cuarteto, así también la diablada. Pues constituye la puesta en escena de. De qué va a ser, sino de la fruición de nuestros sentidos.

Para finalizar, una nota de cuidado: No estamos intercediendo por los mentirosos (de enmascararnos tras la lengua o la erudición, por ejemplo, para decir que somos más). No estamos abogando por los canallas, ladrones, sátrapas –gente de mentes, actitudes y sentidos pequeños. No. Estamos diciendo que hay pueblos y tradiciones que acogen al diablo, como emblema de descanso al tránsito que no respira, para cultivar desde el otro lado de las cosas. Estamos insistiendo en que deberíamos aprender de ellos.

Si de niños fuimos niños, es hora de explorar a ser grandes con menos.

Rodrigo Jurado

Ambato, 9 de abril de 2016

(Foto de Fanny Caiza).

 

 

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