Víctimas de los Trastornos del Cambio

En Tiempo de silencio, Luis Martín-Santos, su autor, se acerca al mundo de las chabolas indicando que, en este caso, están ubicadas sobre “dos montañas altivas, una de escombrera y cascote, de ya vieja y expoliada basura ciudadana la otra” (p. 50). En ese mundo, sus habitantes “dilapidan tontamente sus posibilidades” al usar “una sopera firmada de Limoges […] como orinal bajo una cama” (p. 51). Y no solo eso, también son personas que se caracterizan por ser ordinarias y vivir sin ninguna ley. A la dueña de casa la describe como “gruesa”, con unas “manos regordetas”; y dice que en su casa viven  “insensibles a toda convivencia moral” porque, entre otras cosas, unos habitan encima de otros, sin importarles “la letanía grandilocuente y magnífica de las blasfemias varoniles” (p. 51). Sin embargo, para él, las “oníricas construcciones” que componen las chabolas también están edificadas “con piel humana y con sudor y lágrimas humanas congeladas” (p. 50). Es decir, es un mundo donde la tristeza se vive en medio de contradicciones.

A continuación, refiriéndose al conjunto de “inverosímiles mansiones” (p. 50) que conforman las chabolas, Martín-Santos “resalta la capacidad para la improvisación y la original fuerza constructiva del hombre ibero” (p. 51), inmerso en “la total ausencia de medios” (p. 52). Es justamente a través de la sinécdoque del “hombre ibero” que nos damos cuenta que el autor no está hablando de la gente que habita las chabolas por fuera de España. Para él, ellos también son parte de la sociedad española, por lo que cierra con la afirmación de que el hombre “es el mismo en todas partes” (p. 53). Es más, una vez identificados como españoles, Martín-Santos insiste en que la vida de estas personas está envuelta en un “revuelto mar de sufrimiento” (p. 53), pero que quizá eso no sea lo más triste porque, según él, lo peor está en nosotros, en “los que ingenuamente suponemos que no existen” (p. 53).

En ese mundo aparte, que preferimos no ver, opera la catástrofe, la desgracia, la “miseria negra” (p. 24). La situación es tan deplorable que los habitantes de las chabolas deben vivir carentes de medios de subsistencia e ingeniárselas para sobrevivir en medio del olvido, pero también deben sortear a diario los temas relacionados a la familia, el amor y la desolación, entre otros. Es el caso de la abuela, cuyo relato empieza por contarnos cómo fue que terminó abandonada, teniendo que recurrir a la añoranza de tiempos “mejores” para poder superar la realidad en que se encuentra. Ella recuerda, por ejemplo, que fue gracias al consumo de licor y a la visita a “tabernas de mala fama” (p. 26) que “conseguía olvidar el deseo que tenía del fantasma de [su] marido”. Sin embargo, ella sabe que él no volverá y, lo que es peor: “¿cómo adaptarse a la nueva existencia, cómo soportar todo lo malo de la vida sin nada que verdaderamente consuele?” (pp. 27-28).

Para ella, la respuesta vino de la mano de la pensión que abrió en la calle Progreso. Al presentarnos el lugar, dice que, junto a su hija, “alguna ayuda ocasional y transitoria” (p. 22) ha hecho su vida algo llevadera. Es en medio de esa precariedad que ella compara aquel lugar con otros que lo rodean y dice que no estaba tan mal como para ser confundido con “algunas casas malas” de al lado. Así, si bien hemos entrado al mundo de las chabolas, no podríamos generalizar la vivencia de la abuela y su familia, puesto que hay otros submundos dentro del submundo de las chabolas, lo cual haría de esas realidades algo insoportable, invivible.

España está cambiando. El mundo de la posguerra ha traído paz, sí, pero también incertidumbre. En este sentido, la historia que se narra en Tiempo de silencio está sintetizada en la lectura que hace la abuela del espejo (i.e., la realidad) que tiene en frente. Ella dice ser “víctima […] de los trastornos del cambio” (p. 28) que, como vimos, le ha traído dolor y sufrimiento, pero también aislamiento. Sin embargo, no todo está perdido. Al final de su relato, cuando se refiere a su nieta de manera irónica, ella la llama la “obra maestra de todos nuestros pecados” (p. 29). Por tanto, si bien, el tiempo que les ha tocado vivir, a ella y a su familia, no ha sido el mejor y el lugar que les ha tocado vivir tampoco ha sido bueno, todavía tienen la reflexión para que guie y alimente el resto de sus vidas. En el mismo sentido, se podría decir que a través de su novela Martín-Santos busca que el lector reflexione sobre su vida, el lugar que habita y los seres que aunque no conoce también forman parte de su consciencia.

Referencia

Martín-Santos, L. (1987). Tiempo de silencio. Barcelona: Seix Barral.

 

 

 

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