La poesía como crítica política

Congreso Internacional Libertad de Expresión:

Diálogos y Reflexiones desde el Derecho y la Literatura

USFQ   –   Junio 2018

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Le dije de todo, tal como me habían educado en la casa que hiciera cuando la injusticia o la estupidez (o las dos cosas juntas) me acosaran. Y razones no me faltaban, como lo estamos evidenciando en estos días. En efecto, Querido señor presidente, ¿qué te has hecho?, el libro que se refiere a autócratas y déspotas que terminan como delincuentes, como el que está a punto de ir a la cárcel, debería tener una continuación (un sequel, como se dice en inglés). Y eso –la idea de que hay que seguir escribiendo sobre lo que pasa, desde nuestra perspectiva (cualquiera que esta sea)– es ya un primer aporte.

Como el gesto del niño que casi sin decir nada lo dice todo (diap. 1),[1] lo primero que le dije fue que yo, desde lejos, me había metido en la trinchera (donde lo que menos hay es olvido). Y, el 16 de marzo del año pasado, lo puse en estos términos:

faltan 69 días para que te vayas
y no te has ido

te vi al frente del hospital
el otro día
creo que viniste a ver si la obra seguía en pie
o si la oposición había hecho que se derrumbe

yo estaba entre los que gritaban
que no habían pastillas
que los médicos habían desaparecido
que no a la mentira

luego te fuiste
convaleciente
malhumorado
triste

porque el país no era el país que tu creíste

Cuando leí este poema en público, lo primero que alguien preguntó fue por qué le había arrebatado el micrófono a la persona que sí había estado metida en el lío del hospital al que se hace referencia en el escrito. Mi respuesta fue literaria: porque eso hacemos los escritores, nos imaginamos, dije. Y este es un segundo aporte: todos tenemos el derecho de solidarizarnos con lo que pasa en el mundo, estemos donde estemos. (Ojo, que al poder le conviene que no lo hagamos).

Luego, en relación a su bola de compinches, dizque poetas (incluyendo el que quiso entrar por el tejado a regir los destinos de mi ex universidad, incluyendo a la que vendió la nacionalidad ecuatoriana a un sujeto que dice que somos insignificantes, incluyendo al que debería dar la cara por el caso Gabela), le planteé la siguiente pregunta:

qué dirán tus poetas
(campeones de la otra edad)
husmeando sobre el vidrio

cómo transcribirán el insulto
qué harán con la miseria
cómo transportarán el empujo
cómo tragarán tus píldoras

cuántas horas pasarán barriendo las costras
para ocultarlas sin oficio
que el Ecuador del siglo 21 no es el del 20
y yo me pregunto si en verdad crees que el país nació contigo

de traficantes de metáforas a mercachifles de eufemismos
quedan destituidos, dirá la historiografía

El tercer aporte es el que viene con el tiempo. Me explico: todos sabemos que la justicia que tarda no es justicia. Y es así, me imagino, por una sencilla razón: mientras tarde, lo primero que uno se pregunta es quién y por qué hace que tarde; qué esconde, quién se beneficia. La justicia literaria, sin embargo, opera de manera diferente. La justicia literaria es a largo plazo. Está dedicada para las próximas generaciones, para decir que las estupideces que cometimos hoy no se cometan mañana. El tercer aporte tiene que ver con tratar de poner las cosas en su sitio.

Y así, Querido señor presidente está compuesto por 69 poemas que tratan de indagar sobre varias preguntas; una de las cuales, que me imagino varios de ustedes también se habrán hecho, es ¿por qué diablos votamos por un doctorcito salido de la nada, en un partido que resultó con un marcador final de 80 a 20? Vamos a ver. Yo, una persona que se considera atenta, informada y por eso sensible, ¿por qué votaría por alguien que luego de diez años en el poder se va y se aloja en un ático para ayudar a forjar lo que ahora llamamos la “posverdad”? Quizá lo hice por la misma razón por la cual esta universidad, la Universidad San Francisco de Quito, le dio trabajo: por tener el cartón. El cuarto aporte, que se recoge en el poema titulado “¿Le conoces al César?”, es el que Hannah Arendt advirtió en Eichmann en Jerusalén, el libro que escribió en 1963 para preguntar quiénes, en la segunda guerra mundial, estaban detrás de tanta maldad. Parte de la respuesta, a la que alude el poema, es que fueron personas instruidas (personas con títulos de PhD).

Como profesor universitario que soy, lo primero que debería decir es que los títulos sí prueban algo. Entre otras cosas, prueban (o quieren probar) que uno sabe hacer algo (leer, escribir, razonar y cosas por el estilo). No obstante, lo que ningún título puede probar es que el tenedor sea buena persona. Por tanto, ¿qué seguimos persiguiendo con un sistema educativo enfocado en amasar cartones? De hecho, el cuarto aporte aboga por que la poesía y otras literaturas se encuentren en igualdad de condiciones frente a las matemáticas o las ciencias exactas, por ejemplo. El poder gana cuando se forja una sola manera de decir, una sola manera de nombrar, en definitiva, una sola manera de pensar. De ahí que la poesía, en sí, sea contestataria. Es una manera potente de nombrar y, por tanto, existir. En definitiva, el cuarto aporte apunta a preguntar de qué nos ha servido ser tan educados.

Hablando de ser contestatario (diap. 2), he aquí un poema encontrado, el que se titula “El colonizador colonizado”, en el que se recoge lo siguiente:

el colonizador pregunta:
¿me puedes decir quién fue el estúpido
que dijo que eran el dos por ciento?

el colonizado responde:
¡usted
señor presidente!

Querido señor presidente evidentemente se diferencia del muro de Twitter de quien habita en el ático en que si este ha de cobrar vigencia, será porque varias de sus páginas sirvieron para transcribir el eco anticipado, algo que al segundo solo le gusta tergiversar –por ejemplo, cuando lo que escucha es que lo han vinculado a un crimen de Estado y de lo que escribe es de una persecución política–. Como se ve, la búsqueda de la verdad, que debería energizarnos a todos, especialmente a los académicos y universitarios, está detrás de dicha transcripción. Hacer eso –es decir, siempre mantener las ganas de diálogo en nuestro intento por descubrir la verdad– es el quinto aporte a la discusión a la que he sido invitado esta tarde/noche.

Pero, como sabemos, la verdad no puede ser una sola; peor si lo que se busca es lo literal. El poema, “La larga noche neoliberal”, ilustra este punto así:

la larga noche neoliberal
como su nombre lo dice
es larga porque habla del despojo
como en la frase: ¡hasta cuándo se larga!
es noche porque en su espesura le gusta ganar
a como dé lugar
es neo- porque sabe de lo último
en iones, presiones y pretensiones
y es liberal porque piensa que todo lo puede comprar
incluso nuestra libertad

el 15 de enero de 2007
los ecuatorianos, expertos en experimentar, parimos un refrito

Los verdeflex, como a Juan Cuvi le gusta llamarlos, se caracterizaban por el uso trillado de frases pegadizas. A ellos, a los verdeflex, les gustaba culpar de todos nuestros males al capitalismo, al imperio y, por supuesto, a “la larga noche neoliberal”. Y yo me pregunto si, después de una década, hemos cambiado en algo el sistema que rige nuestras vidas. El sexto aporte, por tanto, es resaltar la obligación que tenemos de jugar con la mentira, para cuestionarla, perforarla y, por qué no, burlarnos de ella; es decir, para intentar buscar la verdad.

Evidentemente, por todo lo dicho, el que ha sido conducido al silencio es el que más le conviene al poder. De hecho, los nazis se dieron cuenta de esto desde muy temprano (diap. 3). No de gana, dice el poema que se titula “Fusilado”, a la persona que juega, esconde o vive con palomas hay que aniquilarla.

¿El problema? Lo que se teme es que las use para comunicarse. Como es obvio, el séptimo aporte a la discusión solo puede ser uno: insistir en que hay que abrir puertas y ventanas que inciten al cruce de ideas. En esto, como es lógico, el papel de la universidad ecuatoriana es clave.

El octavo aporte tiene que ver con mirar para adelante viendo hacia atrás. ¿Qué quiere decir esto? Algo que todos sabemos, pero muchas veces olvidamos. Y es que no lo puedo evitar. Yo, al igual que muchos de ustedes, soy del Ecuador, de un lugar en específico llamado “Ambato”, tierra de un Juan en particular, esto es, tierra de Juan Montalvo. “El capítulo que no se le olvidó a Montalvo” dice así:

quién fue el que abrió la boca
quién fue el que habló sin permiso, ¡carajo!
dónde está el que contaminó mi aire
dónde, dónde está el que manchó la Historia, ¡carajo!

que salga de sus tinieblas el déspota
que dé la cara para que se la parta

Ecuador, pueblo sometido, ¡dime con quién andas!
Ecuador, patria querida, ¡dime por qué aguantas!

La verdad es que Querido señor presidente no trata de inventar nada. Eso debe quedar claro en este poema, puesto que lo que se pretende es sintonizar al lector u oyente con la Historia (escrita con hache mayúscula). El octavo aporte es insistir en lo importante que es mirar para adelante viendo hacia atrás, precisamente para no hablar sin permiso.

Para terminar, hay que reconocer que cualquier intento de reflexión necesita dejar que el tiempo pase; de lo contrario, se corre el riesgo de hablar de manera apurada o con poca profundidad. Sin embargo, como se entenderá, cuando escribí Querido señor presidente lo que quise fue entregarle una carta de despedida a nuestro ex. Y, para ser honestos, ya no aguantaba más. Habían pasado muchos años –demasiados–, en los que al igual que muchos de ustedes me mantuve en silencio. A mí también me entristeció el miedo. Y hablo de tristeza, porque triste se convierte uno cuando calla. Lo bueno de todo este ejercicio, no obstante, es que la verdad que está saliendo a la luz, está dotando con perspectiva el trabajo realizado.

Finalmente, quiero cerrar diciendo que, en efecto, la poesía puede operar como crítica política. En mi caso, esto no es nada nuevo; otros escritores ya lo han probado una y otra vez, y lo seguirán haciendo. Y, como ustedes entenderán, además de frontal, también su estilo puede ser sutil (diap. 4), como en “Qué es el amor”, el poema que dice así:

qué es el amor
sino una ficción

hasta que te pegan

entonces como el hielo
cuando al golpe quema

y lo convierte en realidad

el bailado nadie me quita
dijo Manuela aquel viernes

al escucharla tuvo sentido el atardecer

desde entonces el 21 de agosto existe
para conmemorar la ruptura

del ser amando cuando se va

Querido Señor Presidente,

eres tan “platónico”…

en tu “corazón”
el “amor” es equivalente a “ciudadanía universal”

ninguno existe

Al autócrata déspota, que más temprano que tarde termina como delincuente, no le interesa el amor, la Historia, la apertura, la verdad, el diálogo… (diap. 5). De hecho, parecería que actuara en su contra. De hecho, parecería que nunca hubiera cruzado un aula, peor una universidad. Por eso, tomando de referencia las palabras de la ex verdeflex de la Asamblea, “¡que los pobres de lucidez coman mierda!/ ¡mucha mierda!” (ben aki, “Que los pobres coman pan”, versos 60-61).

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Referencia

ben aki. (2017). Querido señor presidente, ¿qué te has hecho? ISBN: 978-9942-30-455-1

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[1] Para seguir las diapositivas, por favor ver https://es.slideshare.net/jovanij/querido-seor-presidente.

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Presentación de Querido señor presidente

XIII Congreso de Literatura: Memoria e Imaginación de América Latina y el Caribe[1]

Pontificia Universidad Católica del Ecuador

10 de noviembre de 2017

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He soñado tanto contigo que pierdes tu realidad”, dice Robert Desnos, en “El último poema” (escrito durante 20 años y concluido en el campo de concentración de Terezin, en Checoslovaquia, en 1945) . Y concluye:

He soñado tanto contigo,
caminado tanto,
hablado tanto,
me he acostado tantas veces con tu fantasma
que ya no me queda más quizá,
y sin embargo, que ser fantasma entre los fantasmas,
y cien veces más sombra que la sombra que se pasea
y se paseará alegremente por el reloj de sol de tu vida.

Traigo a colación este poema porque capta lo que quise hacer en Querido señor presidente: convertirme en la sombra que se pasea por la vida de “la loca del ático”, ahí en los intersticios insospechables, donde opera el tiempo.

En realidad, el poco tiempo que ha transcurrido desde que se asiló en el ático hasta hoy me está dando la razón. La pus de la que habla Lenin Moreno brota desde las alcantarillas donde se ejerció el poder y cada día llena los noticieros porque ya no es posible esconder. Sin embargo, como dice Fernando Villavicencio, el que anda con grillete porque al loco no le gusta que andemos sueltos, todavía falta…, y mucho más.

Es, digámoslo así, mi manera de pedirle cuentas al déspota que el rato menos pensado se robó mi voto. Y hay dos cosas que no soporto: una, haberme dejado lavar el cerebro, y, dos, que el cerebro de mi madre siga lavándose con el mismo champú de lodo, sin que ella se dé cuenta. Yo, que había pregonado que al poder se lo tiene que cuestionar. “Dónde surja la normatividad, ahí hay que meterle el dedo”, era mi lema. Y pasaron diez años desde que ocurrieron los primeros hurtos, y me quedé callado. ¿Por qué? ¿Por qué mi madre, de la que había aprendido a hablar, ahora sigue callando?

Entonces, dije “basta, basta de tanta pendejada”, y me puse a escribir. En el transcurso del mes que duró el experimento de los 69 poemas que forman el libro, aprendí varias cosas.

Primero, que soy de los tipos que les gusta servir (por algo soy profesor). Como en el caso de “El sentido de la vida”, la película que los Monty Python produjeron en 1983, en la que el señor Creosota vomita baldes enteros de estupideces hasta quedar zaceado, el que al final tiene la última palabra es el camarero, que, con la amabilidad del caso, le sirve la cuenta.

Segundo, que el loco del ático no tiene amigos. Si los tuviera, le hubieran dicho unas cuantas verdades. Quizá ese cortocircuito se haya producido porque los disqué intelectuales de la robolución, expertos en disparates, nunca entendieron el concepto de amistad. Seguramente para ellos, la amistad requiere de “lealtad con el proyecto”, como el presidente de la Asamblea dijo recientemente en Teleamazonas, a propósito del encarcelamiento del innombrable de los vidrios rotos. Eso, o al silencio lo tradujeron como arma de fuego interna y externa. Después de todo, no es de sorprendernos que en el equipo económico de Moreno sigan actuando los que callaron y que Fernando Villavicencio ande con grillete.

Tercero, que mi madre no tiene remedio. “No sé qué creer”, me confesó la semana pasada cuando le dije que había voces que pedían bajar a la loca del ático para que viviera mejor en la cárcel. “Pero, entonces, para qué le sacaron al Moreno de la presidencia del partido”, suspiró decepcionada, como quien le cuesta trabajo entender que una cosa es el partido; y otra, el país. Seducida por el poder, mi madre seguramente seguirá votando aunque le mientan. ¿Y yo? Yo no sé qué haré la próxima vez que otro charlatán mercachifle salte a la palestra a, como decimos los ecuatorianos, hablar huevadas.

Finalmente, también aprendí que no hay que esperar tanto. No es recomendable hacerlo porque se corre el riesgo de que, al final, muchas cosas se quemen en el horno. Las cosas se van a quemar, van a desaparecer, sí. El problema es que a una reflexión política, se suma la urgencia. En el esquema: “nadie puede callar”, “el momento es ahora”, “el cambio sigue pendiente”, “hay que actuar con ética”, “solo hay una oportunidad”, hay tanto por hacer, que parecería que es precisamente esa combinación de factores que hace posible que, al final, pocos reflexionen. Al poder, hay que picarle los ojos (como en la lucha libre). Y nosotros, nosotros mismos debemos aprender a cortarnos los ojos, tal como lo propuso Buñuel hace más de 80 años. Querido señor presidente, por tanto, no solo es un intento por pintar de gris aquello que el poderoso ve de blanco; también es un intento por aprender a ver, leer y, luego, escribir, desde la fisura.

Hubiera querido empezar el libro con “Mierda”, la palabra que da inicio a Ubu Rey, en la voz del Padre Ubu, aquella “representación de lo grotesco y humanamente innoble del poder político y el gobierno” (Wikipedia, acceso: 6 de noviembre de 2017), que Alfred Jerry inauguró el 10 de diciembre de 1896, en el Teatro del Louvre de París. Hubiera sido lo más apropiado porque mierda, en el sentido literal, pero también figurativo, es lo que más ha habido en el Ecuador político de la última década, como estamos observando. En vez de eso, el libro empieza con un poema titulado, “Faltan 69 días”, que dice así:

faltan 69 días para que te vayas
y no te has ido

te vi al frente del hospital
el otro día
creo que viniste a ver si la obra seguía en pie
o si la oposición había hecho que se derrumbe

yo estaba entre los que gritaban
que no habían pastillas
que los médicos habían desaparecido
que no a la mentira

luego te fuiste
convaleciente
malhumorado
triste

porque el país no era el país que tu creíste

Escrito en verso libre y con lenguaje coloquial, el poema, que dio inicio a la locura de escribir un mes sin parar (para lo cual tuve que renunciar al trabajo de tiempo completo y posponer el desarrollo de mi tesis de maestría), (el poema) narra los efectos de la visita de supervisión que el mandatario haría a un hospital de la Costa, el jueves, 9 de marzo de este año. En la noticia se lo pudo ver enfurecido, amenazando a la gente que se había congregado, que si no paraban las quejas, el hospital sería cerrado. Por tanto, lo que trato de hacer en el poema, es situarme en la voz del otro, para, de ahí, empezar lo que sería la configuración de un espejo, lo suficientemente amplio, para que el señor se vea. ¿En dónde está la sombra? La sombra habita en la tristeza que le produce observar, ver, escuchar, que hay quienes existen por fuera del mapa mental que ordena su país secreto.

Se diría que es mucho esperar que un poema tan sencillo como este tenga repercusiones profundas en alguien que ha estado acostumbrado a no necesitar de “tonteras” para hacer lo que se la ha venido en gana. Sin embargo, lejos de pretender enriquecer lo que no puede ser enriquecido con las palabras, lo que busco, en realidad, es dejar sentado el hecho de haber hablado para calmar mi dolor. En este sentido, lo que posibilita ese intento por dejar de sangrar es el acontecimiento cotidiano. Es la fuente que nutre la obra, fortificándola de oralidad.

La otra fuente es la memoria. De hecho, el epígrafe que abre el texto, en su versión no digital, es de Borges: “Hay una cosa que no existe”, dice él, y es “el olvido”. No, a los ecuatorianos que nos ha tocado vivir estos años, ya inmersos en el siglo XXI, no nos puede fallar la memoria. “Está fresquita”, diría la abuela. Y yo añadiría que para que se mantenga así, fresca, lo que necesitamos ponerle es una pizca de subjetividad. Así, si alguien dice que “todos los políticos roban”, que “aunque roben, por lo menos hacen obras” o que “nos pueden robar todo, menos la esperanza”, lo lógico sería preguntar: ¿Y yo, por qué he dejar que me roben?

Presiento que la memoria nos falla el momento en que sentimos como ajeno aquello que aparentemente no nos toca. “¿Recuerdas lo que te dije la última vez que te lastimaste?”, continuaría la abuela, y nos recordaría que fue justamente por el distanciamiento entre la causa de la herida y su previsible efecto, que seguimos lastimándonos.

En este sentido, si la poesía ha de servir para algo, que no sea como curita. No, la poesía no debe, no puede, servir para tapar la herida. Todo lo contrario. La poesía, si quiere hacer crítica política, ha de hurgar en lo que el poder quiere esconder. Ahí, metida debajo de la cama, como testigo de la traición, ha de postular al déspota al infierno de su conciencia.

Querido señor presidente trata de hacer eso: entrometerse en la conciencia de quien ejerció el poder, pero también en la conciencia de los futuros electores. Busca, en otras palabras, servir como ayuda memoria. Lo peor que le podría pasar al Ecuador es que otro charlatán mercachifle, como dijimos anteriormente, venga a querer lavarnos el cerebro. No obstante lo dicho y lo escrito en el poemario, presiento que eso puede quedar merodeando en la órbita de las utopías, especialmente si se toma en cuenta lo que está saliendo sobre el sistema de educación pública. Al poderoso no le conviene que las personas, desde pequeñas, aprendan a decir “no”.

Hablando de charlatanes y mercachifles, y el rol de la poesía, el segundo poema, titulado “Qué dirán tus poetas”, dice lo siguiente:

qué dirán tus poetas
(campeones de la otra edad)
husmeando sobre el vidrio

cómo transcribirán el insulto
qué harán con la miseria
cómo transportarán el empujo
cómo tragarán tus píldoras

cuántas horas pasarán barriendo las costras
para ocultarlas sin oficio
que el Ecuador del siglo 21 no es el del 20
y yo me pregunto si en verdad crees que el país nació contigo

de traficantes de metáforas a mercachifles de eufemismos
quedan destituidos, dirá la historiografía

Fueron varios, los “poetas” que colaboraron con la década tristemente perdida. Y, como Martín Pallares se preguntaba el pasado 2 de octubre, en Twitter: “Pensar que estos mismos son los que nos dijeron prensa corrupta por 10 años. Y sin presentar una pinche prueba”. Y yo diría: ¡Pensar que el Raúl Vallejo, que fue mi profesor en la Universidad Andina, trató de entrar al rectorado por el tejado!

Antes de concluir, hay que anotar lo siguiente. Uno, decir que son 69 poemas porque “69” es el título del poema en el que hablo sobre la aldaba que me acosó por mucho tiempo, y que se encuentra publicado en Cartas desde la cárcel, mi tercer poemario publicado en 2015, en el que trato el tema de la libertad. El poema dice así:

libertad es la única herramienta que utilizo
para destornillar el perno
lentamente
-aquel que el gendarme, hijo del rey, heredero del fruto de mi inercia, tuerce

para hacerme hablar

un tránsito absurdo
casi pueril, se diría
pero más por tanto, más hostil es el gesto
que su amable correa forma con su lazo

para hacerme callar

También son 69 porque ese número adecuadamente representa el acto de dar y recibir. Y, como sabemos, Juan Montalvo, padre literario de la tierra donde nací y actualmente vivo, también recibió hasta que dijo “basta”. Y ya sabemos lo que pasó después. No pretendo ser heredero de nadie ni trazar ningún linaje; solo pretendo insistir en que yo también dije “hasta aquí no más”. Este concepto atraviesa el poemario y específicamente se encuentra detallado en el poema que se titula “69”. El poema se lee así:

69
desafíos
quién olvida mejor a quién

69
limpias internas
la abuela decía que lo que no se libera, muere

69
orzuelos
odio la lentitud con la que los paradigmas operan

69
plegarias sedientas
baboso: dícese del que piensa que la cosa pública es cuestión de fe

69
reverberos
¿rápido? ¡te equivocas cholito, a vos te vi con la mano en la masa!

69
lagañas externas
last night I dreamed I was in a different country with another language

69
quesos
dejarás puesto el veneno dejarás regando la higuera para el invitado que
ꟾ venga

y si todo fuera un fantasma
como en las películas de miedo

tener que correr
hasta que el director diga que “corten”

dónde andará el Marcelo Chiriboga…
ojalá no se olvide y me espere a la salida

69
pausas musicales
la diferencia entre los verbos fallar y faltar es que tú conjugaste bien el
ꟾ primero y yo el segundo

69
número de la discordia
quién olvida mejor a quién

Finalmente, la obra se llama “Querido señor presidente, ¿qué te has hecho?” porque el asunto es de tú-a-tú, tal como requiere la poesía. Pero, más que eso, se llama así porque, como diría la abuela, “en vez de hacer el bien, ¡solito va y se jode la vida!”, como lo explica el poema “Revolución (receta)”, que dice lo siguiente:

revolución:
dícese del champús en tiempos florales

ingredientes:
1000 quintales de cansancio (con lo que vino antes)
1 arroba de sueño (con lo que vendrá después)

utensilios:
1 astucia
1000 gravámenes
1000000 de propagandas

procedimiento:
1º: utilice la astucia para mezclar un quintal de cansancio con un manojo de
ꟾ sueño
2º: haga que alguien le ayude a verter los gravámenes lentamente mientras
ꟾ sigue mezclando
3º: aplique sin temeridad las propagandas que le sean necesarias para decir
ꟾ que todo salió bien
4º: vuelva a usar la astucia para dar de comer sus masitas a tanta gente como
ꟾ sea posible

presentación:
1º: ubíquese con megáfono en mano en la cima de un balcón
2º: haga que sus barras griten y zapateen para llamar la atención
3º: proclame que nunca antes nadie hizo cosa semejante
4º: obligue a todos aquellos que quieran probar su experimento a formar una
ꟾ sola fila
5º: pase a entregar una masita a cada uno de los mejores portados

degustación:
1º: identifique la masita menos horrorosa
2º: abra bien la boca procurando que no se le meta un mosco
3º: coloque su masita en la boca
4º: saboréela
5º: mastique 35 veces antes de tragársela
6º: haga que todos le copien

(receta opcional)

si las masitas de astucia, gravámenes y propaganda no le funcionaron
no se preocupe y haga lo siguiente:

trate a buenos y malos como autistas
y simplemente cambie el orden de las cosas

Con todo esto, les invito a leer Querido señor presidente, ¿qué te has hecho?, en queridosenorpresidente.wordpress.com.

Muchas gracias.

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Referencias

ben aki. (2015). Cartas desde la cárcel. Quito: Editorial El Conejo.

ben aki. (2017). Querido señor presidente, ¿qué te has hecho? Ambato: ben aki.

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[1] La presentación se desarrolló en la sección de “Literatura y Subversión” (mesa 25), bajo la moderación de Eva Castañeda Barrera.

Euler Granda, El Anti Poeta Ecuatoriano por Excelencia

Euler Granda nace en Riobamba, Ecuador, en 1935. En 1961, cuando publica El rostro de los días, su primer libro, han pasado siete años desde que los Poemas y antipoemas de Nicanor Parra irrumpen en la escena literaria hispanoamericana. Sin embargo, la influencia de la antipoesía, especialmente la idea de alejarse del lenguaje hermético de la vanguardia y acercarse más al cotidiano, está ahí.

Uno de los caminos que la antipoesía de Parra toma para llegar a Granda es el mismo que, en 1957, hizo de la “Hora 0” de Ernesto Cardenal un grito de protesta. Es así que “S.O.S.”, uno de los poemas más citados de El rostro de los días, habla de un espacio llamado “Ecuador” sumido en un presente que le es ajeno, indiferente y hasta convertido en enemigo de sí mismo (ver Anexo I). El Ecuador, según Granda (1961), es “lastimadura de la tierra,/ hueso pelado/ por el viento y los perros” (vv.2-4). Para él, al igual que para Cardenal, la poesía también ha de servir para evidenciar “el viento” (al que en el verso 15 llama “la intemperie”) y denunciar a “los perros”, que “nuestra agua propia”, dice, “nos venden en botellas” (vv.20-21). Cardenal hace lo mismo, excepto que para él, los perros tienen nombre y apellido: United Fruit Company.

Parra (1954) cierra el volumen de Poemas y antipoemas con el “Soliloquio del individuo” que concluye que “la vida no tiene sentido”. Cardenal, en “Hora 0”, y Granda, en “S.O.S.”, escuchan esta sentencia, pero tratan de hacer de ella un acto de rebeldía ante el sinsentido de la injusticia y la desigualdad social. Por eso, casi al final del relato, Cardenal concluye que el hombre caído en la rebelión no muere, sino que, convertido en héroe, “renace/ en una Nación” (vv.  444-445). Para Granda, la memoria también juega un papel importante, puesto que es uno de los motores que puede provocar el cambio. De hecho, aunque ninguno de los dos lo dice, ellos escriben para construir memoria. En el caso de Granda, una vez unido a la voz comunal, que aparece a lo largo del poema conjugando la intemperie (“nada nos pertenece”, sentencia el autor luego de insistir en que “Aquí/ ni nuestro propio suelo/ es nuestro” (vv. 16-19), la rebeldía se torna más sutil, gracias al uso estratégico del adverbio “aquí” y a la contundente metáfora del fusil y los cuervos con la que concluye el poema.

Incluido seis veces, cuatro de ellas como versos, “aquí” representa la urgencia de cambiar el espacio en el presente. Funciona como espejo; por ejemplo, cuando la voz poética lo describe como “montañas con los vientres saqueados” o “mar/ con los peces ajenos” (8-10). Pero también funciona como el eco que, debido a su repetición, requiere respuesta. Es como si lo que se pretendiera hacer es insistir en la frase coloquial “de aquí no me muevo hasta…”. Imbuido por la Revolución Cubana y sus repercusiones, Granda completa la frase con el siguiente imperativo que actúa como la única conclusión posible: “Aquí,/ pronto un fusil/ para bajar los cuervos.” (vv. 31-33). Es un postulado, como ya lo advertíamos y lo veremos a continuación, sutil y contundente.

Pedir alzarse en armas es sutil porque lo que falta es identificar los cuervos. Para Granda, al igual que para otros que reconocieron las posibilidades del antipoema, los cuervos, a manera de mediadores entre la vida y la poesía, solo podían ser el Vallejo, el Huidobro o el Neruda de la vanguardia. Por eso no es extraño que el poema se titule “S.O.S.” –señal que no significa nada en particular, excepto la urgencia de encontrar nuevos caminos poéticos–. Por el contrario, trasladado al nivel de lo social, los cuervos que deben morir son los mal agüeros que, tres versos antes, “para que nos caigamos/ están cavando huecos” (vv. 29-30). Así, si lo que queda del Ecuador de principios de los años 60 es el despojo, lo que cabe también es urgente: el cambio social.

“S.O.S.” no fue la primera instancia en que Granda convertía a la poesía en arma de solidaridad y denuncia. En efecto, aunque en el poema habla de “indios pateados como bestias” (v. 13) para referirse al maltrato que sufrían los indígenas ecuatorianos en aquel entonces, no es la primera vez que lo hace. “Poema sin llanto” (Voz desbordada, 1963 (escrito entre 1957 y 1960); ver Anexo II) empieza su denuncia reclamando que “Hoy mataron a Juan el huasicama” (Granda, 1963, v. 1). Luego explica cómo su muerte no le importó a nadie, a pesar de la brutalidad que la englobaba. Y cierra el poema identificando el crimen y al criminal así: “No hubo más,/ el patrón lo mató/ porque le dio la gana.” (vv. 28-30). Granda vio el nuevo camino que abría la antipoesía y lo condujo al espacio de la denuncia social.

No obstante, no redujo su rebeldía al hecho poético individual. Junto a otros poetas, en 1962 fundó el grupo de los “Tzánticos” ecuatorianos que, en su Manifiesto, establece que lo que buscaba, de la mano de la poesía, era descubrir “lo esencial” de lo que se suponía era el Ecuador, para lo cual habla de “saltar por encima de los montes, con una luz […] de auténtica Revolución” (Torres, 24 de junio de 2014, párr. 10). El término “tzántzico” se refiere a lo que en shuar, uno de los lenguajes originarios del Ecuador, se conoce como “hacedor de tzantzas” o “reductor de cabezas humanas”. Lo que los Tzántzicos buscaban era provocar, por medio de la poesía, el cambio social –o, lo que es lo mismo, la creación del nuevo hombre que proponía la Revolución Cubana. Mientras el experimento cubano continúa, el grupo de los Tzántzicos se desvaneció en 1969.

Felizmente para nosotros, Granda no solo fue y sigue siendo rebelde y tzántzico en lo social, también lo fue en otros ámbitos de la experiencia humana, incluyendo en el amplio espacio individual, donde a veces el sinsentido, con el que Parra cierra sus Poemas y antipoemas, cobra urgencia. En “La duda” (Etcétera, etcétera, 1964; ver Anexo III), por ejemplo, otro poema que es citado con frecuencia, Granda recuerda la ironía de Parra cuando, al dudar del concepto de esperanza, dice que siempre estamos “cayendo, y recayendo,/ en la trampa de ratas, que llaman esperanza.” (vv. 17-19). Quizá por eso, porque la influencia de Parra sobre Granda es innegable, es que se le conoce como el “anti poeta (ecuatoriano) por excelencia” (Oquendo, s.f., párr. 38).

Referencias

Cardenal. E. (1957). Hora 0. Recuperado de goo.gl/2xTZxk

Granda, E. (1961). S.O.S. En Poemas con piel de oveja. Antología (2009), p. 64. Quito: Libresa.

Granda, E. (1963). Poema sin llanto. En Poemas con piel de oveja. Antología (2009), p. 48. Quito: Libresa.

Granda, E. (1964). La duda. En Poemas con piel de oveja. Antología (2009), p. 69. Quito: Libresa.

Oquendo, X. (s.f.). El Siglo XX y el Modernismo: El nacimiento de la poesía ecuatoriana: 20 grandes poetas. Recuperado de goo.gl/C7pTGr

Parra, N. (1954). Soliloquio del individuo. En Poemas y antipoemas, p. 155. Recuperado de goo.gl/nk8FEJ

Torres, J. (24 de junio de 2014). Movimiento literario Tzan Tzicos [sic]. Recuperado de goo.gl/5EdCVk

Anexo I

S.O.S.

De El rostro y los días, Euler Granda, 1961.

Aquí Ecuador
lastimadura de la tierra,
hueso pelado
por el viento y los perros.
Aquí sangre chupándose en la arena,
piedras cayéndonos.
Aquí
montañas con los vientres saqueados,
mar
con los peces ajenos.
Aquí
hambre,
indios pateados como bestias,
páramos bravos,
piel a la intemperie.
Aquí
ni nuestro propio suelo
es nuestro;
nada nos pertenece,
nuestra agua propia
nos venden en botellas,
el pan cuesta un ojo de la cara
y hasta para morirse
hay que pagar impuestos.
A lo largo del aire,
medio sueño,
en el interrumpido bocado
del almuerzo,
para que nos caigamos,
están cavando huecos.
Aquí,
pronto un fusil
para bajar los cuervos.

Anexo II

Poema sin llanto

De Voz desbordada, Euler Granda, 1963.

Hoy mataron a Juan el Huasicama
lo mataron a palo en día claro,
lo mataron por indio,
porque trabajaba como tres
y nunca sació el hambre,
porque junto a los bueyes
arrastraba el arado,
porque dormía sobre el suelo
y con su mala suerte cobijábase,
porque amaba la tierra
como la aman los árboles;
lo mataron por bueno,
por animal de carga.
Se quedó
de los pies hasta el alma ensangrentado.
se quedó boca abajo
para que los trigales no le vieran
la cara destrozada,
quedó
como las hierbas
después que pasan los caballos
y nadie dice nada;
lo mataron sin que nadie lo notara,
sin que a nadie le importara nada.
El viento persistió en su erranza,
como siempre las aves revolaron,
siguió impasible el soledoso páramo.
No hubo más,
el patrón lo mató
Porque le dio la gana.

Anexo III

La duda

De Etcétera, etcétera, Euler Granda, 1964.

No sé,
si para bien o mal
pero algo
siempre nos rescata:
una nueva mujer,
un trozo de palabra
o algún sueño en hilachas.
Cuando estamos hundiéndonos
algún entrometido
nos saca de los pelos.
A empujones,
de nuevo,
nos meten al chiquero
y estamos,
otra vez,
sin escarmiento,
cayendo, y recayendo,
en la trampa de ratas,
que llaman esperanza.

El Modernismo en Noboa y Camaaño & Cía

El Ecuador de finales del siglo 19 y principios del 20 se encuentra convulsionado. Inmerso en un período de “inestabilidad política” profundo –en el que, como señala Jong-A-Pin (2008), se da cuando el cambio y el desafío, juntos, están a la orden del día–, el país no sabe cómo resolver el enigma de la democracia y el futuro. Calarota (2014), relacionando el Modernismo a la situación en la que se debate el país en esos años, resume la trama así:

Los años en los cuales otros países cercanos abrazaban una nueva forma de escribir y expresarse, una literatura que aclamaba la nueva identidad e independencia cultural a través del Modernismo, el Ecuador vivía una etapa de consolidación del Estado, de transformación político-ideológica; intentaba regularizar su economía y resolver el conflicto entre el Estado liberal y la iglesia católica. Los ecuatorianos escucharon los gritos de la revolución, vieron la sangre de la guerra civil, del golpe de estado, de los asesinatos y las ejecuciones. (p. 250)

Es precisamente en este contexto que la “generación decapitada” (calificativo que, en 1943, el crítico Raúl Andrade (citado en Calarota, 2014, p. 255) usaría para analizar el aporte de los cuatro poetas más representativos del Modernismo en el Ecuador) surge y desaparece.

Son cuatro jóvenes –Arturo Borja (1892-1912), Humberto Fierro (1890-1929), Ernesto Noboa y Caamaño (1891-1927) y Medardo Ángel Silva (1898-1919)– que tratan de entender, a través de la poesía, el tiempo que les ha tocado vivir. Y, lo que tienen en común, además de su habilidad para escribir poemas, es la influencia de los “poetas malditos” franceses (Baudelaire y Verlaine, especialmente) y de Rubén Darío en su lectura del mundo y, por tanto, su escritura. Pero, también comparten un estilo de vida en bohemia, incluyendo el escape por medio del consumo de drogas, y un trágico final: todos se suicidan.

De este brevísimo resumen de este acontecimiento literario que se da de manera tardía en el Ecuador (puesto que sus publicaciones aparecen a finales de la segunda década del siglo pasado) no podría escapar “Ego Sum” (ver el Anexo 1), un poema escrito por Noboa y Caamaño a manera de arte poética a la Verlaine, que Jorge Enrique Adoum, según Calarota (2014), califica de “manifiesto y programa de toda una generación” (p. 264). El poema empieza con una declaración taxativa: “Amo todo lo extraño, amo todo lo exótico;/ lo equívoco y asombroso, lo falso y lo anormal” (Noboa y Caamaño, 1922, vv. 1-2), dice el poeta. Con esta proclama estaríamos, como es evidente, ante el reconocimiento de realidades otras, pero también ante un guiño a Darío y, como Calarota señala, sus raros. Borja (1912), complementa la idea así: “Voy a entrar al olvido por la mágica puerta/ que me abrirá ese loco divino: ¡BAUDELAIRE!” (vv. 15-16) (ver Anexo 2). Noboa y Caamaño y compañía, Darío y Baudelaire, una banda de “monstruos” que participan del verso y lo multiplican, como una salida al fatuo peso de la Modernidad.

Para Noboa y Caamaño (1922), las flores baudelaireanas del mal están presentes y merecen una mención particular, cuando dice que en su “cerebro enfermo, sensitivo y caótico,/ como araña poeana, teje su red el mal” (vv. 7-8), y añade que “es propicio a que nazca la flor del sentimiento” ligada a lo que él, en el noveno verso, llama “el aislamiento”. Parte de lo que podría llamarse la “tragedia” de los poetas decapitados es que la realidad, como ellos la veían, estaba circunscrita al tema de la muerte. “No importa que me nieguen los aplausos humanos/ si me embriaga la música de los astros lejanos/ y el batir de mis alas sobre la realidad.” (vv. 12-14), concluye el poeta. Evidentemente, para él, el acto de habitar el momento se ubica por fuera del contexto actual real. Y no le importa. Es más, lo acepta de manera consciente porque lo que busca es unirse, junto a sus compañeros de viaje, a los “astros lejanos” que, guiados por Poe, le alumbran el camino y le muestran la salida. De hecho, Silva (1916), en el poema titulado “Epístola”, se dirige “al espíritu de Arturo Borja”; ¿dónde lo ve? “A la diestra del Padre Verlaine” (v. 1) (ver Anexo 3).

No, los decapitados ecuatorianos no pudieron con el presente, tampoco con el futuro. Su búsqueda de originalidad, parte de su esfuerzo poético, estuvo marcada por lo que percibieron como un encuentro eterno con Poe, Baudelaire, Verlaine…, y, más cerca: Rubén Darío.

Referencias

Borja, A. (1912). Voy a entrar en el olvido. Recuperado de biblioteca.org.ar/libros/158478.pdf

Calarota, A. (2014). Modernismo en Ecuador: La “generación decapitada”. A Contracorriente: Una Revista de Historia Social y Literatura de América Latina, 11(3), 248-274. Recuperado de goo.gl/UR1QSs

Jong-A-Pin, R. (2008). Essays on political instability: Measurement, causes and consequences. Enschede, The Netherlands: PrintPartners Ipskamp B.V. Recuperado de goo.gl/QPJWQH

Noboa y Caamaño, E. (1922). Ego sum. Recuperado de goo.gl/Lp3VsL

Silva, M.Á. (1916). Epístola. Recuperado de goo.gl/cFnocW

Anexo 1

Ego sum

Ernesto Noboa y Caamaño (1922)

Amo todo lo extraño, amo todo lo exótico;
lo equívoco y morboso, lo falso y lo anormal:
tan sólo calmar pueden mis nervios de neurótico
la ampolla de morfina y el frasco de cloral.

Amo las cosas mustias, aquel tinte clorótico
de hampones y rameras, pasto del hospital.
En mi cerebro enfermo, sensitivo y caótico,
como araña poeana, teje su red el mal.

No importa que los otros me huyan. El aislamiento
es propicio a que nazca la flor del sentimiento:
el nardo del ensueño brota en la soledad.

No importa que me nieguen los aplausos humanos
si me embriaga la música de los astros lejanos
y el batir de mis alas sobre la realidad.

Anexo 2

Voy a entrar en el olvido

Arturo Borja (1912)

Voici le masque pour la fête du mensonge.
-Henry de Rregnier

A Francisco Guarderas

Hermano, si me río de la vida y sus cosas
notarás en mi risa cierto rezo de angustias,
sentirás las espinas que hay en todas las rosas,
comprenderás que casi mis flores están mustias.

Yo pongo a los cipreses de mi sendero, ahora,
una doliente gracia contradictoria y llena
de la azul ironía que aprendí de la Aurora
que es hija de los rojos Crepúsculos de pena.

Se apagaron aquellos ojos que me sonrieron
diabólicos y brujos detrás de una ventana,
y esta tarde yo he visto que en mi jardín murieron
pobres rosadas rosas que enterraré mañana.

Indiferentemente tiene mi herida abierta
el dorado veneno que me dio esa mujer:
Voy a entrar al olvido por la mágica puerta
que me abrirá ese loco divino: ¡BAUDELAIRE!

Anexo 3

Epístola

Medardo Ángel Silva (1916)

Al espíritu de Arturo Borja

Hermano, que a la diestra del Padre Verlaine moras
y por siglos contemplas las eternas auroras
y la gloria del Paracleto,
un mensaje doliente mi cítara te envía,
en el cuello de nieve de la alondra del día,
cuyo pico humedece las mieles del Himeto.
Ya no se oye la voz de la siringa agreste.
si un vuelo de palomas rasga el velo celeste,
si el traficante escucha la flauta del Panida;
los augures predicen la extinción de la raza;
sagitario hacia el Cisne con su flecha amenaza;
pronto será la estirpe del Árcade extinguida.

Sobre el mar, del que un día olímpico deseo
hizo surgir, como una perla rosa,
el cuerpo de Afrodita victorioso,
hoy, solo de Mercurio de ha visto el caduceo.

Los sacerdotes jóvenes del melodioso rito
que han consultado el áureo libro de lo infinito
escuchando la música de las constelaciones
recibieron los dardos de arqueros mercenarios;
los viejos cruzados se yerguen solitarios
en el azul lo mismo que mudos torreones.

Tú que ves la increada luz del alba que ciega,
y que probaste el agua de la Hipocrene griega,
ruega al Supremo Numen por la estirpe de Pan.
Mientras Zoilo sonríe, en la sombra conspira.
Nuestros dioses se van. Nuestros dioses se van.

Tiernas bestias

¿Qué le separa al humano del resto? El lenguaje; y, por eso mismo, también el silencio. En “Un sueño realizado”, que Juan Carlos Onetti escribió en 1941, hay varios escenarios que se entretejen para hacer de la palabra hablada y del silencio los protagonistas del relato. Esta breve reseña se centrará en el más importante de ellos: lo que se dice y lo que se calla al final, con la frase: “No se da cuenta que está muerta, pedazo de bestia”.

Esa frase la pronuncia Blanes, el personaje que –entre sueños, borracheras y pesadumbre–, seguramente está cansado de escucharle a Langman, el ex empresario de teatro que narra la historia, quizá para despertarlo del letargo en el que se encuentra, y después de que no entendiera que a Hamlet, la obra de Shakespeare, no la iba a volver a montar. Langman es un anciano que vive aislado, apoyado por una memoria que le remite a un pasado teatral, seguramente lleno de historias similares a la que se dedica a contar ahora. Sin embargo, Blanes pronuncia esa frase maldita como un intento a través del cual él también quiere desprenderse, bifurcarse, dejar a un lado al anciano y sus relatos, retomar su vida. Ambos, Langman y Blanes, buscan la libertad, pero, al intentar hacerlo, se inmiscuyen en relatos ajenos que les conducen por caminos similares pero diferentes.

Es justamente ese intersticio, el espacio en el que las voces y los silencios (propios y ajenos) habitan, el que da sentido a sus vidas. Para Muñoz (s.f.), el momento en que Blanes trata de “apagar la luz” o “bajar el telón” con su tremenda frase constituiría la puesta en escena de lo que él llama “la compasión cruel” (p. 5), distintivo estilístico, dice él, del autor Onetti, que hace que nosotros, sus lectores, pasemos, de manera íntima, a formar parte de su relato.

Por un lado está en juego la idea de la vida como plataforma teatral –abierta a la (re)escritura, al ensayo, pero también a la puesta en escena de nuestras historias, nuestros sueños y nuestras (re)interpretaciones–. De ahí que la reflexión que permea el relato sea: ¿quién sino la persona, dueña de su propia vida, para ser protagonista, de manera “ficticia” o “real”, de su propia narración? Así, si la compasión cruel existe, lo hace en la medida en que para contestar esta pregunta cada uno de nosotros formemos parte del relato ajeno, más de manera consciente que inconsciente.

En “Un sueño realizado”, hay varios ejemplos de este fenómeno. El ejemplo más claro es el de la mujer –“la loca”– que gracias a sus palabras, su paciencia y su empatía, pero también su silencio, insistencia y desapego da sentido a la existencia de Langman y su propia “locura”. Asimismo, es gracias a su muerte teatralizada –a la que llega como la culminación de un sueño del que sabe que solo hay una salida: la de despertar– que Blanes puede decir lo que dice. El momento que lo hace, los tres vuelven a retomar las riendas de sus caminos; es decir, los tres dejan de lado el silencio bullicioso del teatro de la vida –nuestras mentes que permanecen encantadas (¿agobiadas?) por tanto lenguaje, en vivo o en sueños– para volver a contar, en palabras o en silencios, una nueva historia o quizá la misma. Es más, si la mujer muere, no se sabe por cuánto tiempo. La respuesta seguramente será hasta que Langman o yo, el lector del cuento, vuelva a pensar en Onetti, su sueño realizado, el papel de “la loca”, Hamlet (como obra irrealizable)…, en fin.

Por otro lado, en “Un sueño realizado” también se desarrolla lo que Eduardo Galeano, en el documental sobre Onetti, realizado por Pablo Dotta en el 2009, recuerda como una de las enseñanzas más importantes que le transmitió el autor: la idea de que las palabras que merecen ser escritas son las que saben que son mejores que el silencio. Una vez más, estamos ante el reto de hablar/escribir o callar/recordar, no como un mecanismo binario del cual debemos escoger para saber que existimos, sino como parte constitutiva del ser humano que hace ambas cosas a la vez, continuamente, sea despierto o mientras duerme. De ahí que en el relato nosotros, los lectores, no podamos desprendernos y, más bien, pasemos a formar parte del acto narrativo.

Sí, si no lo leeríamos, el cuento nunca cobraría sentido. Es verdad, pero eso es solo para nosotros, en caso de que así decidiéramos proceder, cerrando el libro o simplemente no abriéndolo nunca (tal como hace Langman con Hamlet para, según él, desquitarse de la mala broma que siente que Blanes le está jugando). No obstante, el texto existe, por fuera y más allá de nosotros, tal como sucede con “la loca” que, aunque aparentemente muerta, sigue y se mantiene viva en connivencia con el resto de personajes (nosotros incluidos).

Una idea contundente que se desprende de esta parte de la propuesta narrativa de Onetti es que las historias (ficticias o reales, escritas u orales, vividas o soñadas, contadas o recordadas) existen y están ahí como elemento distintivo de lo que nos hace humanos. Se podría decir que la Literatura es lo que cuenta, sobresale o sobrevive –lo que Muñoz (s.f.) llama “una narración que existiría igual si no la conociera o la escuchara nadie” (p. 4). Sin embargo, lo que Onetti añade con “Un sueño realizado” es el componente de la repetición, sin el cual el concepto mismo de “Literatura” dejaría de existir.

Y es precisamente eso, lo que se está tratando de hacer aquí –a la manera de un acercamiento analítico, intelectual y teórico–, después de haberse repetido el paso del cuento por mi cerebro (varias veces), lo que llamamos “lectura”, que el relato cobra vida; y, con él, los personajes, la trama, el mensaje…, es decir, la historia de la Literatura. Es más, lo que potencia esta idea de repetición, como motor de la Literatura, es justamente la relectura, de la cual se resignifican los sentidos y, con ello, las interpretaciones, los análisis y los alcances teóricos. En el caso del relato en cuestión, esto se traduce a que cuando vuelva a aparecer “la loca” en la vida de Langman seguramente no tendrá la misma vida o, mejor dicho, tendrá una lectura diferente.

¿Qué le separa al humano del resto? Una sentencia como la de: “No se da cuenta que está muerta, pedazo de bestia”. Es algo violento, sí, pero Onetti, a través de “Un sueño realizado”, lo ha hecho de manera “tierna” (contándonos un cuento; además, sin exclamación alguna), para devolvernos a la vida, tal como le sucede a Langman de la mano de Blanes. Tiernas bestias, también porque ya no somos los mismos que cuando los leímos.

Referencias

Dotta, P. (2009). Imprescindibles – Juan Carlos Onetti. [Documental]. Madrid: Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales. Recuperado de http://www.rtve.es/alacarta/videos/imprescindibles/imprescindibles-juan-carlos-onetti/1055707/

Muñoz, A. (s.f.). “Sueños realizados: invitación a los relatos de Juan Carlos Onetti”. En J. Fernández (Ed.), Nuevos narradores hispanoamericanos: la herencia del “Boom” (pp. 1-15). Recuperado de http:// campus.unibarcelona.com/webapps/portal

Onetti, J. (1979[1941]). Un sueño realizado. En Obra completa. Madrid. Editorial Aguilar.

Colón, Hijo de Carpentier

Este breve ensayo aborda el modo en que Alejo Carpentier reproduce la figura de Cristóbal Colón en “La mano”, la segunda parte de El arpa y la sombra. Su objetivo es evidenciar al “nuevo” Colón que surge en la novela y que el autor usa para ponerlo en tela de juicio junto a su empresa de descubrimiento. Para eso se presentarán análisis narrativos extraídos del Diario de a bordo y de la Carta a Luis de Santángel, entre otros, que servirán de base para comparar con lo que Carpentier desarrolla en su novela. Antes de iniciar, sin embargo, vale la pena puntualizar algunos aspectos del credo estilístico de la novelística carpenteriana.

En primer lugar está su preocupación por la historia latinoamericana y cómo esta se conformó desde el advenimiento del descubrimiento. Lo que tiene en mente es aproximarse al origen de dicho proceso para explorar reflexiones y explicaciones sobre el devenir del continente. Es justamente en ese sentido que la figura de Colón es el centro de atención en El arpa y la sombra. Y lo es porque con ella Carpentier busca apelar al conocimiento previo que se tiene sobre Colón para reflexionar sobre él y, al resignificarlo, también resignificar aspectos cruciales de nuestra historia, incluyendo el papel preponderante de la violencia como ingrediente consustancial al encuentro, descubrimiento y colonización. No obstante, también le sirve para brindarle una oportunidad para que se redima. Y es justamente en ese contexto, en el que Colón está en su lecho de muerte rememorando los hechos que dieron lugar al descubrimiento mientras espera la absolución de sus pecados, que le acompañamos en sus pensamientos, explicaciones y hazañas. Hacerlo nos facilita reconocer, a través de los ojos de Carpentier, a la persona de carne y hueso que “descubrió” América, pero ya no como un ente singular sino más bien como una figura emblemática cuyas acciones tuvieron repercusiones universales.

En segundo lugar están las características centrales de su narrativa, incluyendo, entre otras, su cualidad de barroca, donde un lenguaje a veces enredado y muchas veces cargado de alegorías y metáforas, por ejemplo, le permita desarrollar un estilo propio: el de lo “real maravilloso”, donde lo que se devela es lo que la razón es incapaz de ver. Asimismo, está su proyecto político que ronda alrededor de su preocupación por desbancar, en el caso de El arpa, a construcciones histórico-culturales que han formado la base sobre la cual se ha construido la historia de América, incluyendo la del “salvaje”, de la cual luego se derivan otras como “barbarie”, por ejemplo. En efecto, al leer la novela la pregunta que salta a los ojos es: ¿Quién realmente fue salvaje, el indio descubierto o el Almirante descubierto? Carpentier argumenta que fue el segundo.

Carpentier Descubre a Colón

En el Diario de a bordo de Cristóbal Colón (relación compendiada del primer viaje por Fray Bartolomé de las Casas), como dice Todorov (1987), Colón se convierte en un “coleccionista de curiosidades” (p. 45), sí, pero sin el lenguaje necesario que le ayude a explicar, describir o develar esa realidad de la Naturaleza que observa. De igual forma, en El arpa, aunque Colón es consciente del valor que tienen las palabras (al recordar las frases de ¡Imago Mundi! ¡Speculum Mundi! que guiaron su empresa de descubrimiento dice que solo él “conocía la verdadera dimensión de esas palabras” (Carpentier, 1979, p. 33)), él termina agobiado porque la palabra que más redunda en sus escritos y, por tanto, en su memoria, es “oro”. Así, si bien él puede referirse a un árbol como “aquel, de hojas grises en el lomo, verdes en las caras, que al caer y secarse se crispaban sobre sí mismas, como manos que buscaran un asidero” (p. 47), en realidad estamos ante un problema ontológico en el que la versatilidad lingüística del autor (parte de su estilo barroco), en las manos del personaje Colón, no es suficientemente sólida para contrarrestar el peso de su “estrategia finalista” del que habla Todorov, el mismo que traducido a El arpa, ya no busca suplir una predestinación evangelizadora (como en el Diario) sino un solo objetivo: el de encontrar oro a toda costa. Para Carpentier, este es uno de los problemas básicos con el que inicia el proceso del descubrimiento y luego la conquista: el Nuevo Mundo saqueado de sus riquezas. Riquezas que fueron usadas para dar nueva vida al Viejo Mundo y mantener al recién descubierto en el olvido. Por eso, Carpentier le descubre a Colón en su lecho de muerte y de manera lenta le hace pedir perdón. A pesar de que esto le permite a Carpentier problematizar el concepto de “salvaje”, la pregunta que nos plantea sigue vigente: ¿Cuál ha sido el devenir de esta parte de nuestra historia?

Por otro lado, si bien, en el Diario observamos a un Colón que actúa bajo los lentes religiosos heredados, buscando, por una parte, enaltecer una evangelización que le dejara réditos de hombre casi divino y, por otra, repotenciar a los reyes católicos para que recobren vida, en El arpa ambas cosas se desvanecen. Y, no solo eso, el Colón de Carpentier muestra su fastidio con ambas empresas porque lo único que busca es convertirse en lo que hoy llamaríamos un “súper héroe” o, en las palabras del propio Colón, el “Ensanchador del Mundo”, el “Anunciador”, el “Vidente” y, además, el “Descubridor” (Carpentier, 1979, p. 42). Así, de la primera empresa dice que: “¡Fuego de lombardas y espíngolas ordenaría yo contra los Evangelios, puestos frente a mí si me fuese posible hacerlo!” (p. 44), mientras que de la segunda no es tanto lo que señala sino lo que hace con la reina al convertirla en su amante protectora. No obstante, esa irreverencia ilimitada –al igual que ese lenguaje florido–, no fue suficiente para heredar al Nuevo Mundo un nuevo hombre. Todo lo contrario. En este sentido Carpentier argumenta que el Nuevo Mundo nació con las taras heredadas del Viejo Mundo, donde el “nuevo hombre” todavía está por construirse.

En torno al asombro que Colón experimenta frente a la desnudez del “indio”, en el caso del Diario, esta le llama la atención porque, como dice Todorov (1987), no es una desnudez corporal; es, más bien, una desnudez “espiritual” (p. 44), que le sirve para vestir al otro desnudo de un traje espiritual cuya providencia emana de él, de Colón, el que trae la verdad, en este caso religiosa, para ofrecerla al recién descubierto. Colón asume que el indio ha permanecido en pecado; la mejor prueba es que este anda desnudo. Su reto, por tanto, es sanar, de alguna manera, esa herida. Y, solo él tiene la sanación, es decir, él, cual Dios, ha llegado para hacer el bien, en nombre de Dios, desde el inicio.

La misma desnudez, en el caso del Colón de El arpa, es trivial, no le importa, no le llama mucho la atención. De hecho, dice que su tripulación, al ver a los indios desnudos por primera vez lo que hicieron fue echarse a reír sin parar (Carpentier, 1979, p. 45). Y, luego, cuando tiene que llevarlos frente a los reyes como evidencia del viaje emprendido –“mis trofeos” los llama él (p. 54)–, cubrir los cuerpos ajenos se convierte en un acto circense, en el que los indios terminan cubiertos de pan de oro en un cuadro barroco verdaderamente triste, y él lo sabe. Todo es un show para que los reyes vuelvan a invertir en un nuevo viaje.

Sin embargo, en este punto Carpentier pone la siguiente frase en los labios de su Colón. Hablando del acto del encubrimiento del cuerpo ajeno y de la total desubicación de los indios que convirtió en sus presos, Colón reconoce “los inevitables sufrimientos que este desarraigo les imponía” (p. 54). Si miramos de cerca, descubriremos que quien habla no es Colón, es Carpentier en los zapatos de Colón, tratando de acercarnos a una lectura más cercana a la realidad, desde un concepto, el de “desarraigo”, que en 1492 era totalmente desconocido, pero que al autor le sirve para decirle al Ensanchador del Mundo que lo que provocó fue algo realmente cruel, violento. Carpentier busca que Colón asuma su responsabilidad porque si él lo hace, también podremos hacerlo nosotros, nacidos en el siglo 20, desde nuestras realidades. Su planteamiento es que las latinoamericanos veamos hacia América Latina para descubrir y reconocer quiénes somos.

Finalmente, como Serna (2013) señala, uno de los tópicos que se evidencian en el Diario es el del “indio como noble salvaje” (párr. 28), que intercambia ovillos de algodón por pedazos de vidrios rotos; que se escapa desnudo y desposeído (“me pareció que era gente muy pobre de todo”, escribe Colón (s.f.) el 11 de octubre). “A partir del mito del buen salvaje”, dice Serna (2013), “surge la utopía cristiana del Nuevo Mundo, por la cual Europa necesita regenerarse, y esa posibilidad se encuentra en las tierras recién descubiertas” (párr. 35). Europa cobrará sentido o volverá a nacer, gracias a su evangelio, sea cual sea el “Nuevo Mundo”.

Sin embargo, en El arpa, Carpentier propone lo opuesto: no es que el indio sea intrínsecamente bueno (Colón incluso sospecha que le engañan (Carpentier, 1979, p. 49)), ignorante o escaso de virtudes. El problema es que la lectura del otro no fue bidireccional. La lectura y, por tanto, lo que se escribió de ella, fue unidireccional, de lo que se consideraba la civilización hacia la barbarie, que, además, tenía que ser cambiada o aniquilada, incluyendo la de los “bárbaros idiomas” (p. 49). Así, si la pregunta es quién descubrió a quién, para Carpentier una de las respuestas es que es justamente a través de un juego entre no iguales que Colón y, por tanto, Europa, son descubiertos o, mejor dicho, desarropados de su maldad, sus miserias. El autor quiere dejar en claro que Colón no descubrió monicongos, porque a quienes descubrió fueron personas.

Conclusión

El embuste más importante que cometió Colón, según Carpentier, es el que se provocó a sí mismo: terminar arrepentido, sin la fortuna de haberse redimido a tiempo. Pero, ese no es el objetivo principal del autor. Su objetivo es arrojar una luz, desde la Literatura, pero también desde la Historia, para poner las cosas en orden. Si bien no se puede borrar la Historia, la idea principal con la que comulgaría el autor posiblemente sería que hay que conocerla para no cometer los mismos errores. Es más, a través de El arpa y la sombra lo que resalta es que, en efecto, como dice Todorov (1987), “Colón [descubrió] América pero no a los americanos” (citado en Serna, 2013b, párr. 37). Una de las preguntas que Carpentier añadiría sería si, en efecto, nosotros, los americanos, nos hemos descubierto a nosotros mismos.

Referencias

Carpentier, A. (1979). El arpa y la sombra. Méjico: Siglo XXI Editores.

Colón, C. (s.f.). Diario de a bordo. Recuperado de https://goo.gl/YEUtnz

Serna, M. (2013). Carta a Luis de Santángel. En M. Serna (Ed.), La aventura americana. Textos y documentos de la conquista americana (pp. 75-98). Madrid: Castalia.

Todorov, T. (1987). La conquista de América. México: Siglo XXI.

El Diablo es Cosa de Grandes

Ese tramposo, sinvergüenza –cínico, le llamarían los abuelos–, ese querido estafador que de chiquitos nos sirvió para disfrutar de cada travesura y que de grandes aprendimos a silenciar, anda suelto y, pese a todas las maniobras imaginables, nadie lo puede encarcelar. Pues ser libre es su destino. En cambio, de grandes, el nuestro es aprender de sus proezas para ser personas más completas.

Sí, desde el primer día que entramos en la escuela de la vida (generalmente marcado por la escuela real de escalones y servicios), las instituciones (y sus reglas) y los encargados (y sus títulos) nos enseñan a mentir para sobrevivir, en vez de enseñarnos a reír. Así aprendemos a ser buenos –a comportarnos bien, a hablar bonito, a sentir como-es-debido. Sin embargo, ¿a dónde nos ha conducido todo aquello?

Los presidentes, por ejemplo, en general, empiezan como buenos diablos. Pero con el tiempo terminan embotellados. Si nos detenemos a pensar, lo mismo nos pasa a nosotros. Aprendemos tan bien la lección, que son innecesarias las amenazas, peor los latigazos. Es más, bien podríamos argumentar que si Jesús se hubiera rebelado, otro sería nuestro destino.

Es hora, entonces, de una buena carcajada. Ser intencionalmente porfiados. Abandonar los trajes de siempre o las manías del lenguaje. El diablo, nuestra otra mitad, lo requiere. Lejos de entrampamientos banales, el diablo muchas veces tiene la virtud de ser la salida al descontento del día-a-día. O, lo que es lo mismo, podríamos decir que estar endiablados complementa muy bien a estar tristes.

Como el serrucho, cuando completa un cuarteto, así también la diablada. Pues constituye la puesta en escena de. De qué va a ser, sino de la fruición de nuestros sentidos.

Para finalizar, una nota de cuidado: No estamos intercediendo por los mentirosos (de enmascararnos tras la lengua o la erudición, por ejemplo, para decir que somos más). No estamos abogando por los canallas, ladrones, sátrapas –gente de mentes, actitudes y sentidos pequeños. No. Estamos diciendo que hay pueblos y tradiciones que acogen al diablo, como emblema de descanso al tránsito que no respira, para cultivar desde el otro lado de las cosas. Estamos insistiendo en que deberíamos aprender de ellos.

Si de niños fuimos niños, es hora de explorar a ser grandes con menos.

Rodrigo Jurado

Ambato, 9 de abril de 2016

(Foto de Fanny Caiza).

 

 

La Universidad en Tiempos Difíciles

Título original:

Del Suma-Kawsay al Resta-que-Nuay – ¿Qué Puede Hacer la Universidad en Tiempos Difíciles?

When Reality Hits the Fan – What Can Academia do in Times of Hardship? 

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El Ecuador, según algunos analistas, está en recesión. El efecto en la universidad ecuatoriana, como es de esperarse, será negativo. Sin embargo, no tiene por qué ser catastrófico. El momento actual que vive el país puede ser una oportunidad para que la universidad ayude a reformular el objetivo de la educación superior: de saber hacer a saber ser personas que reflexionan e impactan positivamente los destinos del país.

Ecuador, according to some analysts, is in recession. The impact on the university system in Ecuador, as we might expect, will be negative. However, that doesn’t mean it should be catastrophic. The current situation the country is experiencing is an opportunity for the university system to help reformulate the purpose of higher education: from knowing how to do or make to knowing how to be persons that reflect and positively impact the country’s future.

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El objetivo de este breve ensayo no es restarle valor al proyecto gubernamental del suma-kawsay[1]. Por el contrario, es plantear una salida académica a los tiempos difíciles que se avecinan. El punto de partida es que todo está por decirse y hacerse. Y, si ese es el caso, la idea es que debemos revitalizar la reflexión. Mi argumento es que docentes y estudiantes necesitamos comprometernos con el entorno para transformarlo, a través de la lectura y escritura, en plataforma de lucha diaria y en comunidad. Si el lenguaje tiene el poder de hacer que las cosas tengan eco, la idea es que nos contagiemos de diálogo para el cambio.

Para empezar, la pregunta es para qué sirve la universidad. Si nos detenemos, diríamos que para muy poco. En el caso ecuatoriano, cada vez más se parece a una factoría del saber hacer. En esto, el Gobierno actual entra en contradicción. Si por un lado nos dice que debemos optar por el valor del ser humano y no del capital, por otro, con  Yachay nos dice lo contrario: Hay que dotarle al estudiante de conocimientos prácticos para convertirle en inventor altamente competitivo. El problema es que esta concepción de ser humano –como alguien que sabrá hacer cosas “útiles” (cosas como Uber, supongo) para sacarnos a todos de la pobreza–, se encuadra en el sistema capitalista que tanto ha sido criticado por este Gobierno. Según él, si se entra a la universidad, es para saber hacer; no para saber ser.

Lo mismo sucede con nosotros, los profesores universitarios, que ahora tenemos que estar pehachedeizados. La pregunta es para qué. ¿Para asegurarnos el puesto? O, ¿para ser mejores personas que aporten en la construcción de un mundo mejor?

Si observamos, veremos que todo el sistema anda mal. El problema del calentamiento global, por ejemplo, no es del Norte ni es del Sur, es de todos. La voracidad con la que, como humanidad, hemos avanzado hacia nuestra propia destrucción tiene que parar. Y es justamente en este sentido que proyectos como Yachay, con los objetivos que se conocen, aportan muy poco; de hecho, son negativos.

Por otra parte, el obtener un título sigue atado a la importancia que le damos al qué-dirán y no al qué-puedo-decir-yo. En nuestra cultura, parecería que lo que yo puedo decir de mí mismo y del mundo es menos importante. El énfasis es en lo que recibimos y no en lo que producimos. Consecuencia: la burocratización de los profesores universitarios, sí, pero más importante: Si no leemos y escribimos, ¿cómo podemos pedir eso de nuestros estudiantes? ¿Cómo podemos pedirles que lean la Historia?, por ejemplo. Si lo hiciéramos, todos nos daríamos cuenta que fueron precisamente las mentes más brillantes, gente vestida de PhD, la que estuvo detrás de la barbarie de la segunda guerra mundial. Repito: ¿Para qué sirve la universidad?

La universidad tiene relevancia cuando somos capaces de traducir el acto de reflexionar al acto de investigar, es decir, cuando aprendemos a leer para no cometer los mismos errores del pasado; para sensibilizarnos frente a la realidad que nos rodea;  para abrir, no cerrar, puertas al diálogo; para aprender a escribir… nuestra propia historia.

De otro lado, la infraestructura, tan valiosa como es, se desarrolló, cambió y mejoró, pensando en que primero teníamos que tener para luego llegar a ser. Sin embargo, ¿no es verdad que lo que necesitamos ya tenemos? El calentamiento global también demuestra que lo que menos necesitamos es más despilfarro. ¿Realmente necesitamos más para hacer bien las cosas?

Finalmente, la universidad actual tampoco enseña a escribir. Creo que siendo una tarea de ponerse frente al espejo, lo más fácil es dejar que nos den pensando. Lo que está en juego, no obstante, no es solo la consciencia individual, es, más que nada, la memoria histórica de un pueblo la que corre peligro de ser desdicha. La universidad, en este sentido, tiene relevancia cuando somos capaces de traducir el acto de reflexionar al acto de nombrar. Esto es, la universidad tiene sentido cuando aprendemos a escribir, especialmente para aprender a leer nuestra propia historia.

Leer y escribir, dos caras de la misma moneda: la universidad.

¿Cómo hacerlo? Reflexionando sobre lo que se esconde entre líneas. Solo cuando vemos más allá de la superficie podemos ver lo interior. Mi pregunta es por qué nos detenemos en el valor nominal de las cosas; qué hace que nuestra lectura de la realidad sea intrascendente; quién, en definitiva, se beneficia que yo, como persona, opte por ser como me dicen que debo ser.

En tiempos difíciles, como en tiempos de holgura, hay que ponerse el sombrero de la reflexión y dar el ejemplo. Si estamos en época del resta-que-nuay, lo lógico es hacer bien las cosas con lo poco que tenemos. ¿Qué tenemos? La reflexión, y con ella el poder de leer y escribir nuestra propia historia. Por eso, si la universidad sirve para muy poco, que sea para aprender a ser personas reflexivas.

Referencias

Peltzer, G. “Enseñar a ser”.  El Universo, 2 de octubre de 2015.  Recuperado de http://www.eluniverso.com

Villavicencio, A. (24 de septiembre de 2015). La nano-alfa y el cambio de la matriz productiva: más verdades sobre Yachay. Plan V, s.d. Recuperado de http://www.planv.com.ec

[1] En contraposición al suma-kawsay, Arturo Villavicencio usa la analogía de “resta-que-nuay” para subrayar el hecho de que el país está atravesando tiempos difíciles porque el Gobierno actual se gastó todo el dinero. En este ensayo la usamos como punto de partida para reflexionar sobre qué hacer, desde la universidad, en tiempos difíciles. También nos inspiramos en la propuesta de Gonzalo Peltzer sobre el papel de la universidad a través de la Historia.