Ese tramposo, sinvergüenza –cínico, le llamarían los abuelos–, ese querido estafador que de chiquitos nos sirvió para disfrutar de cada travesura y que de grandes aprendimos a silenciar, anda suelto y, pese a todas las maniobras imaginables, nadie lo puede encarcelar. Pues ser libre es su destino. En cambio, de grandes, el nuestro es aprender de sus proezas para ser personas más completas.
